Joaquín presionó un botón para subir la pantalla divisoria del auto, dándole privacidad a Patricia para que pudiera cambiarse en la parte trasera.
Esa era, de hecho, la verdadera razón por la que había elegido ir en el asiento delantero.
A mitad del trayecto, el auto se detuvo para recoger a alguien más: una estilista que Joaquín había contratado de su propio bolsillo.
No era nadie famosa ni de renombre.
Joaquín se disculpó con una pequeña sonrisa: —Después de comprar el vestido y los zapatos, el presupuesto solo me alcanzó para contratar a alguien económico. No te enojes.
La estilista analizó los rasgos del rostro de Patricia y guiñó un ojo. —No se preocupe, joven Olvera. Mis precios son bajos, pero mi talento no tiene precio. Dejaré a la princesita luciendo preciosa.
Tenían poco tiempo, pero afortunadamente las facciones de Patricia eran de una belleza natural asombrosa y su piel era de porcelana, luminosa y suave.
La estilista se basó en el tono de su tez y la forma de sus ojos para darle unos ligeros retoques. Con apenas un poco de maquillaje, la belleza de Patricia se volvió deslumbrante.
Luego, le hizo un peinado recogido elegante y un tanto desenfadado, coronando el peinado con una tiara adornada con delicadas perlas.
Era la viva imagen de una princesita de la realeza.
Cuando el auto se detuvo en las puertas del hotel, la ceremonia principal ya había concluido. Solo faltaba el último punto de la agenda: la fotografía familiar oficial.
En el escenario, Doña Beatriz Quiles estaba sentada majestuosamente en una silla. Detrás de ella, Felipe y Marisa posaban de pie, con los brazos entrelazados.
Renata, fingiendo una actitud dulce y encantadora, apoyaba la cabeza en el brazo de Felipe con una sonrisa de ángel.
Los cuatro irradiaban la imagen de una familia perfecta y feliz.
Justo en el instante en que el fotógrafo iba a presionar el obturador... Patricia irrumpió en el gran salón.
Llevaba un vestido de tul blanco adornado con cristales brillantes, zapatos de cuero impecables y la corona de perlas en su cabello. Entró con paso firme y una sonrisa radiante.
—Papá, ¿por qué no me esperaron para la foto familiar?
Su voz, clara y dulce, resonó en la sala, atrayendo las miradas atónitas de todos los presentes.

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