Gracias a la magistral aparición de Patricia, la boda "perfecta" quedó manchada de por vida.
La esperada noche de bodas de Felipe y Marisa fue completamente arruinada.
Esa misma noche, apenas pisaron la mansión, Felipe agarró un cinturón y le dio a Patricia una paliza brutal.
La piel de una niña pequeña es sumamente delicada, y más aún la de Patricia, quien había sido criada entre algodones por Elena durante casi diez años.
Cada latigazo le abría la piel de la espalda, dejándola en carne viva.
¡Zas!
Otro golpe seco y furioso cayó sobre ella.
—¡Ah!
El dolor fue tan agudo que la vista se le nubló por un segundo. Lanzó un grito desgarrador, su cuerpecito temblaba sin control.
Por la fuerza del impacto, su cuerpo rodó hasta caer a los pies de Doña Beatriz Quiles. El suelo a su alrededor se manchó con un rojo aterrador.
El aroma metálico y espeso de la sangre inundó la lujosa sala de estar.
Doña Beatriz estaba sentada rectamente en el sofá, pasando las cuentas de un rosario entre sus dedos con movimientos lentos y pausados. Bajó la mirada hacia la niña ensangrentada a sus pies y una fugaz sombra de falsa piedad cruzó por sus ojos.
—Patricia, ¿ya entendiste cuál fue tu error?
Patricia, con una terquedad inquebrantable y respirando con dificultad, alzó la vista y preguntó: —¿Qué error cometí?
—La reputación de la familia Quiles está por encima de todo. Tu padre te ordenó quedarte en casa para estudiar, pero desobedeciste, te escapaste a la boda y lo humillaste públicamente. Humillaste a la familia. No culpes a tu padre por ser severo; solo intenta darte una lección para que no vuelvas a cometer la misma estupidez.
Las lágrimas le empañaron la vista a Patricia, pero el fuego de la ira la consumía por dentro. —¡El que engañó a mi madre y trajo a una amante fue Felipe Quiles! ¡El que avergonzó a esta familia fue él! ¡¿Con qué derecho me golpea?!
Doña Beatriz negó con la cabeza y suspiró. —Un hijo no juzga los errores de su padre. Al parecer, Elena hizo un pésimo trabajo educándote. Menos mal que aún estamos a tiempo de corregirlo.
Tras esas palabras, cerró los ojos y continuó deslizando las cuentas del rosario.
El cinturón de Felipe descendió de nuevo con furia.
—¡Ah! —chilló Patricia por el dolor intolerable.
Dolía demasiado. Mamá.
Mamá, quiero estar contigo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio