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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1042

—¿Cómo crees que eso está bien? En el futuro... cuando te vayas a casar...

—Nunca me voy a casar —sentenció Patricia con una frialdad cortante.

Sentía terror. Terror de encontrar a un hombre como Felipe Quiles, que le hiciera vivir el mismo infierno que sufrió su madre. A Felipe no solo lo odiaba, le producía un pánico visceral.

"Grrr..."

Su estómago rugió, interrumpiendo el silencio.

Miró a su nana con ojos suplicantes. —Abuela Laura... ¿hay algo de comer? Tengo hambre, quiero comer carne.

—Ahorita mismo te preparo algo.

Laura bajó apresuradamente a la cocina, preparó un plato abundante y lo llevó en una bandeja hacia la habitación.

Justo en el pasillo, se topó de frente con Marisa, que bajaba por las escaleras.

—¡Señora! —Laura se hizo a un lado y bajó la cabeza con respeto, sosteniendo la bandeja.

Marisa detuvo su andar, clavó sus ojos en los jugosos platillos de carne y soltó con un tono arrastrado: —Laura, Pati aún se está recuperando de su enfermedad. Tiene el estómago delicado, no debería comer alimentos tan pesados y grasosos; no los va a digerir bien. Vuelve a la cocina y prepárale algo más ligero.

—Con todo respeto, señora —intentó explicar Laura—, la señorita Patricia ya se recuperó. Además, lleva un mes entero comiendo solo vegetales. Si no consume proteínas y carne, ¿cómo va a recuperar sus fuerzas?

—Laura... —Marisa esbozó una sonrisa helada, y su voz sonó peligrosamente suave—. ¿Acaso estás cuestionando mis órdenes?

El tono dejó en evidencia el disgusto de Marisa. Laura bajó la mirada de inmediato. —No, señora, por supuesto que no.

—Más te vale. En cuanto a esta comida... —Marisa miró la bandeja con desdén y amplió su sonrisa—. Tírala. Dásela a los perros.

Prefería echarle la comida a los animales antes que alimentar a Patricia. Su nivel de maldad era escalofriante. ¡Patricia era solo una niña!

Laura levantó la cabeza bruscamente. —¡Señora!

—¿Qué pasa? —Marisa entrecerró los ojos, proyectando toda la arrogancia y la opresión de la dueña de la casa—. ¿Acaso te estás volviendo sorda por la edad?

—¡Seguro lo hiciste para vengar a la inútil de Patricia!

—¡Confiésalo! ¡¿Fue ella la que te ordenó envenenarlos?!

Laura, aún en estado de shock por los gritos, negó frenéticamente. —¡No, no! ¡Fue la señora Marisa quien me ordenó echarles esa comida!

—¿Ah, sí? ¿Y entonces por qué se envenenaron? ¡Seguro les echaste algún tóxico! ¡Llamaré a la policía para que te pudras en la cárcel! —le gritó Renata, señalándola con el dedo de forma amenazante.

Laura palideció, sintiendo que la sangre abandonaba su rostro. Miró desesperada hacia Marisa. —Señora, por favor... yo no hice nada, se lo juro.

Marisa frunció el ceño con fingida confusión. —Pero el pobre Bebé se intoxicó exactamente después de comer lo que tú le serviste.

Bebé era el perro favorito. En las casas de los ricos, un perro valía más que la vida de una sirvienta.

Laura cayó de rodillas frente a Marisa, temblando de pies a cabeza. —Señora, le ruego que me crea... yo no les puse ningún veneno.

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