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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1043

Marisa daba pequeños y elegantes sorbos a su café recién hecho, mientras miraba a Laura con una sonrisa enigmática.

—Laura, por supuesto que me gustaría creerte. Después de todo, llevas décadas sirviendo a esta familia. Pero a tu edad... ¿no crees que pudiste haber confundido algún frasco en la cocina y haber puesto algo malo en la comida por accidente? Qué suerte...

Marisa agitó suavemente la cucharita dentro de la taza de porcelana, produciendo un tintineo calculado. —Qué suerte que Pati no alcanzó a comerlo. Si no, en lugar de estar en el veterinario, estaríamos en el hospital tratando de salvarle la vida.

Hizo una pausa dramática y continuó: —Haremos esto, Laura: en agradecimiento a los años que le has dedicado a la familia Quiles, no haré un escándalo y no llamaré a la policía. Es hora de que te retires y vayas a disfrutar de tu jubilación con tu familia en paz.

—¡Señora, no! —suplicó Laura—. Se lo ruego...

El mayordomo Lázaro intervino con voz tajante, cortando sus palabras. —Laura, no seas malagradecida. La señora ya está siendo extremadamente generosa al no investigar el asunto. De hacerlo, quién sabe si descubriríamos que lo hiciste a propósito por despecho o si alguien te ordenó hacerlo.

Las palabras de Lázaro estaban envenenadas de doble sentido. En ese preciso momento, Laura alzó la vista y vio a Patricia, que bajaba las escaleras.

La niña había perdido tanto peso tras la paliza que la ropa le quedaba enorme y flotaba sobre ella. Su rostro pálido y sin vida la hacía ver como un fantasma en su propia casa.

Los ojos de Lázaro estaban fijos, maliciosamente, en Patricia.

Un escalofrío recorrió la espalda de Laura, y un sudor frío empapó su nuca. Miró al mayordomo con horror e incredulidad.

¿Acaso no recordaba que en el pasado, Lázaro también había recibido incontables favores de Elena, la difunta madre de Patricia?

¡¿Cómo podía ser tan infame?! ¡¿Cómo podía pagar así los favores del pasado?!

La pobre señorita Patricia ya lo había perdido todo, no le quedaba absolutamente nada en el mundo... ¡Y ese monstruo estaba sugiriendo incriminar a una niña huérfana de un delito absurdo! ¡No tenía corazón!

Aterrada por lo que le pudiera pasar a la niña si ella insistía, Laura no se atrevió a suplicar más. Se inclinó y golpeó su frente contra el suelo ante Marisa. —Le agradezco profundamente su misericordia, señora. Me marcharé de inmediato.

Patricia, que acababa de llegar al final de la escalera, se acercó a Laura y clavó su mirada en Marisa. Cuando habló, su voz era un hilo ronco y apagado.

—Tía... ¿podrías dejar que la abuela Laura se quede?

Sin dudarlo un segundo, Patricia apoyó las palmas en el suelo y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente. —Tía... te lo suplico.

—Pati, no me pongas en esta situación. Como la señora de la casa, debo velar por la seguridad de todos. Laura es descuidada y casi te causa una desgracia. Si la dejo quedarse, sería una irresponsable. ¿Qué pasa si la próxima vez no es un perro el que se envenena, sino tu padre o tu abuela? Si eso pasara, yo cargaría con la culpa.

Los ojos de Patricia comenzaron a enrojecerse y las manos que apoyaba en el suelo se contrajeron hasta formar puños temblorosos.

Desde un lado, Renata observaba la humillación de su hermanastra sintiendo un placer absoluto. La princesa arrogante que alguna vez la miró por encima del hombro, ahora estaba arrastrada a sus pies, rogándole a su madre con voz sumisa.

Finalmente, Laura empacó sus cosas y abandonó la mansión Quiles.

Antes de cruzar la puerta de servicio, le entregó en secreto a Patricia la bolsa con la comida que había comprado.

—Mi niña, esto es lo que fui a comprarte. Come un poco, te hará bien.

Patricia tomó la bolsa de plástico entre sus dedos huesudos. Adentro había pato asado, ganso estofado... todo era pura carne nutritiva.

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