Gruesas lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Patricia y cayeron pesadamente sobre la bolsa de plástico, produciendo un sonido seco y doloroso.
Laura, con las manos temblorosas, limpió las lágrimas de su rostro. —Mi niña, no llores. Si lloras frente a ellos, esos demonios se volverán más arrogantes y te pisarán sin ninguna piedad. A partir de hoy, no podré cuidarte. Tienes que protegerte a ti misma. Habrá momentos en los que tendrás que agachar la cabeza y soportarlo. Pero cuando crezcas... cuando por fin crezcas, serás lo suficientemente fuerte para escapar de esta maldita jaula.
Patricia, con la visión borrosa por las lágrimas, asintió en silencio.
No, jamás volvería a derramar una sola lágrima delante de esa gente despreciable.
Pero Laura no era mala; Laura era la única persona que la cuidaba y la quería de verdad.
...
A causa de su larga convalecencia por la brutal golpiza, Patricia no pudo presentarse a los exámenes en el instituto. Sin ella en la competencia, Renata logró colarse en el tercer puesto de la clase.
Felipe Quiles estaba exultante de orgullo y, para celebrarlo, decidió llevarlas a cenar a un restaurante carísimo.
Patricia observó en silencio cómo la "familia perfecta" salía de la casa envuelta en risas y alegría. Poco después, ella también salió.
Caminó bajo el sol hasta una pequeña floristería y señaló unas flores hermosas. —Disculpe, señorita, ¿cuánto cuestan las hortensias?
La empleada le dijo el precio. Patricia miró cuánto dinero le quedaba.
En el pasado, el dinero no tenía ningún valor para ella porque jamás necesitaba comprar nada; su madre organizaba su vida, su ropa, su comida y sus caprichos con absoluto amor y cuidado.
El dinero de sus ahorros estaba en una tarjeta bancaria, pero esa tarjeta la guardaba su madre. Cuando Elena falleció, Marisa arrojó a la basura todas las pertenencias de la difunta, incluida la tarjeta. Eso dejó a Patricia literalmente en la calle dentro de su propia casa.
Sus únicos fondos provenían de su reloj inteligente, donde le quedaban unos pocos miles de pesos que su madre le había recargado antes de morir. Ese dinero era, muy probablemente, todo lo que tendría para sobrevivir, ya que Marisa jamás le daría un centavo.
Si quería ir al banco a recuperar su cuenta, necesitaría la firma y la presencia de su tutor legal, porque era menor de edad. Felipe jamás la acompañaría.
—Señorita, ¿podría hacerme un pequeño descuento? Es que no me alcanza el dinero, pero de verdad quiero comprarle un ramo a mi mamá... las hortensias eran sus flores favoritas.
Conmovida por la tristeza de la pequeña, la florista le rebajó el precio final.
Patricia le hizo una profunda reverencia para agradecerle el gesto.
Luego, caminó hasta una pastelería vecina y compró un pequeño pastel individual. Allí no pudo regatear el precio, ya que estaba fijado por la tienda.
Con sus compras en la mano, tomó el transporte público hasta el cementerio.

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