Solo de pensar en el oscuro sótano, a Patricia se le erizaba la piel y un escalofrío le recorría la espalda.
Apretó los dientes y tomó el recipiente de comida que Renata le ofrecía. Luego, bajo la atenta y penetrante mirada de su hermana, empezó a ingerir las sobras que le había traído.
Pero apenas probó bocado, comenzó a sentir una picazón insoportable por todo el cuerpo.
Patricia se dio cuenta de lo que pasaba y su rostro palideció al instante.
—¿Qué te pasa? —preguntó Renata ladeando la cabeza con una sonrisa que aparentaba ser inocente.
Pero Patricia solo podía percibir una enorme malicia en ese gesto.
Patricia miró la comida. —¿Esto tiene maní?
Renata sonrió abiertamente. —¡Claro! Le puse muchísimo a propósito. ¿Está rico?
Como era comida sobrante empaquetada, había varios platillos mezclados, lo que ocultaba por completo el olor y el sabor a maní.
Por eso Patricia no lo notó a tiempo.
El rostro de Patricia pasó de blanco a un tono cenizo. Abrió el cajón desesperada para buscar su medicina para la alergia.
Era alérgica al maní.
Pero no contaba con que Renata ya lo tenía previsto. Con un movimiento rápido, le arrebató el frasco de las manos.
En ese instante, Patricia confirmó sus sospechas: Renata sabía perfectamente de su alergia.
¡Lo había hecho a propósito!
Patricia, furiosa, estiró la mano para intentar recuperarlo. —¡Dámela!
—¡No quiero!
Mientras hablaba, Renata levantó el brazo y arrojó el frasco de pastillas por la ventana.
El pequeño frasco blanco trazó una curva como una estrella fugaz y desapareció en un parpadeo.
Lo tiró.
Había desaparecido.
Y un ataque de alergia severo podía ser mortal.
—¡¡Renata!!
Patricia perdió por completo la razón. Empujó a Renata con todas sus fuerzas, haciéndola caer al suelo, se sentó a horcajadas sobre ella y empezó a abofetearla sin piedad.
—¡Ahhh, suéltame! —empezó a gritar Renata.
—¡Quítate!
Renata se retorcía, intentando golpear a Patricia.
Quizás fue el dolor y la furia lo que le infundió una fuerza descomunal a Patricia. Logró inmovilizar las manos de Renata contra el suelo.
Giró la cabeza hacia la mesita de noche y, como era de esperarse, estaba completamente vacía.
No pudo evitar recordar el pasado.
Antes, cada vez que se enfermaba, siempre había un vaso de agua tibia esperándola, listo para cuando despertara.
Luchó por sentarse, pero su cuerpo estaba tan débil que un simple movimiento la mareó.
Apoyándose en el barandal, comenzó a bajar las escaleras lentamente.
Renata apareció detrás de ella, como un fantasma. Al escuchar los pasos, Patricia volteó.
En el siguiente segundo, vio a Renata extender las manos hacia ella con una sonrisa dulce y macabra. —Hermana.
Las manos de Renata se posaron sobre Patricia y le dieron un fuerte empujón.
En el momento en que sintió que caía al vacío, Patricia agarró con todas sus fuerzas la mano de Renata.
La sonrisa en el rostro de Renata se transformó instantáneamente en pánico.
—¡Suéltame! —gritó Renata, intentando zafarse desesperada.
Patricia usó toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo y no soltó su agarre. —Si me voy al infierno, te vienes conmigo, Renata.
El mundo empezó a dar vueltas.
*Pum, pum, pum...* Patricia y Renata rodaron juntas por las escaleras.

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