Entrar Via

Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1046

Doña Beatriz Quiles estaba tomando té en la sala de estar cuando escuchó el estruendo. Frunció el ceño, molesta. —¿Qué está pasando? ¿Quién está jugando a la pelota en la casa?

—Doña Beatriz, son las niñas. Las dos cayeron por las escaleras.

Las criadas corrieron aterradas hacia las dos niñas que yacían en un charco de sangre y levantaron a Renata.

Las demás, presas del pánico, corrían buscando toallas y llamando a gritos al médico de la familia.

Se olvidaron por completo de que Patricia también estaba tirada sobre la sangre.

Solo cuando Doña Beatriz se los recordó, una de las sirvientas levantó a Patricia del suelo.

Para cuando llegó el médico de la familia, ya les habían limpiado la sangre a las dos niñas, dejando las heridas expuestas, listas para ser tratadas.

Al ver que el corte de Patricia era mucho más grande y profundo, el doctor intentó atenderla primero.

Pero Felipe le detuvo la mano. —Doctor Salazar, atienda a Renata primero.

El doctor Salazar dudó. —Señor Felipe, la herida de la señorita Patricia es más grave, sería mejor suturarla primero.

—Doctor Salazar —repitió Felipe, endureciendo el tono.

El doctor no tuvo alternativa. Al fin y al cabo, Felipe era quien le pagaba el sueldo, era el jefe.

Así que primero trató las heridas de Renata.

Una vez que terminó con Renata, finalmente se acercó a Patricia.

Debido a la gran pérdida de sangre, Patricia estaba pálida como un fantasma, encogida sobre sí misma, luciendo tan frágil que parecía que iba a morir en cualquier momento.

El doctor Salazar soltó un suspiro. Recordó lo hermosa y radiante que era antes la niña mayor de los Quiles.

Y ahora, la habían reducido a este estado lamentable.

Con ese pensamiento en mente, el doctor Salazar hizo todo lo posible por ser sumamente delicado.

Pero por más cuidado que tuviera, dar puntos sin anestesia era una tortura.

Patricia empezó a temblar y a tener espasmos de dolor, lloriqueando como un animalito herido. —Mamá...

Tal vez el dolor fue tan agudo que la despertó. Sus pestañas húmedas temblaron, y al abrir los ojos, lo primero que vio fue el rostro oscurecido por la ira de Felipe.

Instintivamente, se encogió de miedo.

Felipe le preguntó con frialdad: —¿Tú empujaste a tu hermana por las escaleras? Todavía no arreglo cuentas contigo por haberla golpeado, y ahora te atreves a tirarla. ¿Acaso quieres volver al sótano, o prefieres que te mande a un reformatorio?

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio