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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1047

Las criadas de la casa eran unas oportunistas. Sabiendo que ahora Marisa Peñalosa era la dueña y señora de la mansión, todas la complacían y trataban a Renata como si fuera de la realeza.

Y como sabían que ni Marisa ni Renata soportaban a Patricia, la ignoraban por completo.

Durante su convalecencia, a veces solo le subían una comida al día.

Parecían haber olvidado que ella seguía siendo la heredera principal. La dejaban a su suerte en esa habitación, como si esperaran que desapareciera.

Cuando se sintió un poco mejor, Patricia bajó las escaleras por su cuenta para servirse un vaso de agua.

Después de beber, abrió la nevera, buscando algo para engañar al estómago.

Se moría de hambre.

La nevera estaba repleta de comida y delicias.

Había verduras frescas, frutas de todos los colores y pequeños pasteles.

Los pastelillos se veían tan exquisitos que a Patricia se le hizo agua la boca. Incluso a través de las cajas, casi podía oler el aroma dulce y cremoso.

Tragó saliva.

Cuando acercó la mano a uno de los pasteles, una sirvienta que pasaba se detuvo y le advirtió: —Esos son los pasteles de la señorita Renata.

Patricia detuvo su mano, miró los pasteles con anhelo, y terminó moviendo la mano hacia las frutas.

La sirvienta volvió a interrumpir: —Eso también es de ella.

Patricia tomó una respiración profunda, giró la cabeza y miró a la empleada. —¿Qué de lo que hay aquí no es de ella?

La sirvienta no respondió.

Patricia entendió. Todo era de Renata.

Renata quería dejarle muy en claro que a partir de ahora, toda la casa le pertenecía a ella.

Patricia dejó caer el brazo sin fuerzas, cerró la nevera y le ordenó a la empleada: —Tengo hambre, prepárame un plato de sopa o algo.

La mujer respondió con sequedad: —Señorita, ya pasó la hora de comer.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Patricia confundida.

La sirvienta respondió de manera robótica: —La señora ordenó que, pasada la hora de la comida, la cocina queda cerrada y no se prende el fuego.

Patricia sentía que el estómago se le pegaba a la espalda. Estaba tan mareada que tuvo que ir a la mesa de centro de la sala, tomar una manzana y, tras enjuagarla rápidamente, empezó a morderla.

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