Patricia no sabía si esas palabras eran sinceras ni si debía confiar en él.
Después de todo, era la primera vez que tenía a Silvio frente a ella.
Desde que su madre fue asesinada, le habían arrebatado cualquier tipo de protección. A su corta edad, había pasado por tantas traiciones y manipulaciones que había perdido por completo su capacidad de confiar en los demás.
Escudriñó los ojos de Silvio, buscando algún rastro de falsedad.
Pero, para ser franca, no pudo descifrarlo.
No sabía si creerle o no, pero al mirar esos ojos oscuros, sintió una calidez y una fuerza imponente que le transmitieron una seguridad abrumadora.
Además, dadas las circunstancias, ¿qué más podía hacer?
Tomar el riesgo de confiar en él no podía llevarla a un lugar peor del que ya estaba.
Y la Patricia de hoy ya no era esa niña ingenua que vivía sin preocupaciones.
Ella era una rosa que había florecido en el mismísimo infierno.
Sin parpadear siquiera, Patricia respondió con un tono frío y calculador que no correspondía a su edad: —Ojo por ojo. Los que me persiguieron, quiero que se quiten los zapatos y den diez vueltas corriendo sobre el camino de piedras afiladas. Si les falta una sola vuelta, pagarán las consecuencias.
Luego, giró el rostro hacia el viejo asqueroso que acababa de llegar, el mismo que había intentado aprovecharse de ella, y lo fulminó con una mirada letal. —¿A cuántas niñas has destrozado?
—A-a ninguna... a ninguna...
El magnate cayó de rodillas, arrastrándose y agitando las manos. Jamás pensó que una simple mirada de una niña lograría paralizarle el corazón de puro pánico.
—¿Puedes destruirlo, Silvio? —le pidió Patricia con voz neutra, alzando el rostro hacia él—. Así nos aseguramos de que no vuelva a tocar a ninguna otra niña.
En ese instante, el asistente de Silvio llegó trotando, empujando una silla de ruedas.
Silvio tomó la silla por las manijas, la acercó hasta Patricia y le respondió con tranquilidad: —Por supuesto que puedo. Pero primero siéntate, tienes los pies heridos.
—Gracias, Silvio —respondió ella, aceptando la ayuda. Ya no estaba dispuesta a seguir sufriendo, así que se acomodó en la silla con naturalidad.
Para su presentación en el piano, la habían hecho usar un vestido blanco de gasa muy fina, el cual se había rasgado durante su huida, dejando sus piernas pálidas y delgadas completamente al descubierto.


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