—Señorita Galarza, ¿me recuerda?
El psicólogo que estaba frente a ella llevaba un abrigo largo sobre una camisa y pantalones de vestir. Era un hombre sumamente atractivo, de mirada cálida y con una voz tan suave como la brisa de primavera, que invitaba a la calma.
Como si su actitud relajada fuera contagiosa, Nerea esbozó una ligera sonrisa y asintió.
—Por supuesto. Hola, doctor Márquez.
El hombre que tenía enfrente era el mismo profesional que había intervenido cuando Ulises fue secuestrado.
Un experto en psicología de renombre mundial que Leonardo le había presentado en su momento.
El doctor Márquez sonrió.
—Veo que puedo ahorrarme las presentaciones.
Mientras hablaba, sacó un documento de su maletín y se lo entregó.
—Necesito que llene este formulario de evaluación psicológica, por favor.
—De acuerdo. —Nerea tomó la pluma, adoptando de inmediato una postura rígida y atenta.
Parecía una estudiante a punto de presentar el examen más importante de su vida.
El doctor soltó una carcajada al verla tan seria.
—No tiene que estar tan tensa, señorita Galarza. Ya nos conocemos, esto es solo una revisión de rutina.
—Está bien —respondió ella, relajando un poco la expresión, aunque sus nudillos seguían blancos por la fuerza con la que apretaba la pluma.
El doctor lo notó de reojo, pero no hizo ningún comentario.
La habitación olía a flores frescas y al vapor del té recién servido.
El doctor Márquez se recostó en la silla de manera casual, cruzando las piernas largas.
Con la actitud de un viejo amigo, tomaba té mientras le sacaba plática sobre temas triviales: el clima de ese día, las plantas del balcón, cómo seguía Ulises...
El ambiente en la habitación era sumamente agradable.
De pronto, él cambió de tema abruptamente.
—Señorita Galarza, no sé si Leonardo se lo llegó a comentar alguna vez, pero él y yo somos amigos de toda la vida.
Al escuchar el nombre de Leonardo, Nerea detuvo la pluma en seco y sus pestañas temblaron sin que pudiera evitarlo.
Desde que había despertado, los Galarza tenían estrictamente prohibido mencionar los nombres de Leonardo o de Nicolás frente a ella para evitar lastimarla.
La respiración de Nerea se aceleró por un par de segundos antes de obligarse a reprimir el torbellino de emociones en su pecho.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio