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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 723

Al verla tan destrozada, Jesús dejó escapar un suspiro. En el fondo sabía que Nerea no tenía la culpa de nada. Ella había ido a la misión como representante, y era el deber de Nicolás, como militar, protegerla y rescatarla. —No te tomes a pecho lo que dijo Alejandra, Nerea. La muerte de Nicolás no es culpa tuya, él mismo pidió ir a esa misión. No tienes por qué sentirte culpable. —¡Claro que es mi culpa! —insistió Nerea con terquedad—. Alejandra tiene razón, todo esto es mi culpa. Lo siento muchísimo, señor. Nerea se encogió aún más, agachando la cabeza. Jesús volvió a suspirar con pesadez. —De verdad, Nerea, no te culpes. Si se trata de buscar culpables, el único responsable soy yo. Jamás debí haberlo metido al ejército. Pero desde el momento en que se puso el uniforme, sabía que debía estar preparado para dar la vida. Nicolás era un soldado, y morir en cumplimiento de su deber es un honor. Estoy muy orgulloso de él. Nerea miró al anciano frente a ella con los ojos llorosos. La última vez que lo vio fue en la fiesta de cumpleaños de Doña Cabrera. En aquel entonces, Jesús rebosaba energía y vitalidad, compitiendo de igual a igual con cualquier joven. Pero ahora, se notaba el peso de la vejez en su semblante; parecía haber envejecido varios años de golpe. —Vamos, acompáñame a despedirlo —dijo Jesús dándose la vuelta para entrar a la sala de velación—. Seguro le dará gusto saber que estás bien. Nerea sintió que los ojos le ardían aún más y las lágrimas amenazaban con desbordarse. Jesús la miró de reojo y le advirtió: —Por favor, no llores. No quiero que se vaya intranquilo. Ella asintió, apretando los labios y levantando ligeramente la barbilla para tragarse el llanto. Entró a la sala y se obligó a esbozar una sonrisa, logrando que sus ojos enrojecidos reflejaran un destello de alegría. —Nicolás... —susurró su nombre—. Te hice caso, ya estoy de vuelta. Nerea intentaba sonreír mientras miraba la fotografía del joven. Pero entre más sonreía, más sentía que su mundo se venía abajo; el dolor en el pecho era tan intenso que sentía que iba a morir. *** Mientras tanto, en la habitación de la abuela de la familia Cabrera. —Ya me siento mucho mejor, quiero ir a despedirme de mi nieto. —Mamá —la interrumpió la señora Cabrera, en desacuerdo—, amaneciste con dolor en el pecho, mejor quédate a descansar. Nosotros iremos por ti. Alejandra también se sumó a las súplicas. —Sí, abuela, por favor descansa. —Ya no me duele nada, estoy bien. Quiero ir a verlo. Déjenme ir, se los ruego. Quiero despedirme de él —sollozó la anciana. Insistió tanto en levantarse que su nuera y Alejandra no pudieron detenerla. Sin embargo, apenas se sentó en la cama, sintió como si una enorme piedra le aplastara el pecho; un dolor asfixiante se apoderó de ella. Se agarró la ropa a la altura del corazón, frunció el ceño y se desplomó de espaldas sobre el colchón. —¡Mamá! —¡Abuela! —¡Rápido! ¡Tráiganme las pastillas para el corazón! *** En la sala de velación. Un empleado de la familia entró apresurado y se acercó a Jesús. —Señor, la abuela acaba de desmayarse, tiene que ir a verla. Aunque el hombre habló en voz baja, Nerea logró escucharlo. Jesús le dio unas indicaciones a los demás empleados y salió rápidamente de la sala, con el rostro desencajado por la preocupación. —¿Ya le llamaron al doctor David? —preguntó mientras caminaba a toda prisa. —El doctor David sigue enfermo de gripe. Ya llamamos al médico de guardia y también a emergencias, pero van a tardar un poco en llegar —respondió el empleado. Al oír esto, Nerea corrió tras ellos. —¡Señor! Tengo experiencia médica, ¿me permite revisar a la abuela? Jesús se detuvo y volteó a verla.

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