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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 724

Nerea lo miraba con profunda sinceridad y urgencia; la preocupación se reflejaba claramente en su rostro. —Nicolás era mi amigo —insistió Nerea—, y su abuela es como si fuera mi propia abuela. ¿Por favor, me deja revisarla? Jesús aún no sabía la gravedad de la situación de su madre, pero era muy consciente de las habilidades médicas de Nerea. Ella misma había curado a Don Enzo Vaca. Y según los rumores, también había salvado al patriarca de la familia Encinas cuando todos ya estaban preparando su funeral. Pensando en esto, Jesús asintió. —Se lo agradecería mucho, Nerea. Preocupado por la salud de su madre, Jesús caminaba a paso veloz, con la agilidad que le había quedado de sus años en el ejército. Para no quedarse atrás, Nerea apresuró el paso, disimulando el dolor punzante de su pierna lesionada, y logró mantener el ritmo sin inmutarse. Al llegar a la habitación, Jesús preguntó de inmediato: —¿Cómo está mi madre? La señora Cabrera se secó las lágrimas. —Amaneció con dolor en el pecho. Le dimos su medicina y la pusimos a descansar. Parecía que había mejorado y quiso levantarse para ir a despedirse de Nicolás, pero apenas se sentó, le dio un dolor fulminante y se desmayó. Ya le puse las pastillas de emergencia debajo de la lengua, pero aún no reacciona. Mientras escuchaba la explicación, Nerea se acercó a la cama y le tomó el pulso a la anciana. A pesar del rencor que Alejandra sentía hacia Nerea, conocía perfectamente su capacidad como médica. Durante la crisis epidémica, ella misma había supervisado las investigaciones de Nerea. Por eso, aunque la odiaba, en ese momento guardó silencio. El pulso de la abuela era débil e irregular, su semblante era pésimo; bajo su palidez se asomaba un aspecto cadavérico, y sus labios comenzaban a tornarse morados. Nerea le levantó los párpados para revisarle los ojos y preguntó: —¿Qué enfermedades padece la abuela regularmente? Aunque estaba angustiada, la señora Cabrera respondió con claridad: —Mi suegra siempre ha sido muy sana, no tiene nada grave, solo los padecimientos típicos de su edad, como la presión alta. Para ese momento, el mayordomo ya había buscado en su tableta el último reporte médico de la anciana. Nerea lo leyó de reojo en cuestión de segundos y, sumándolo a los síntomas, supo exactamente lo que ocurría. No era más que el impacto de la tragedia; a su edad, perder a un nieto era un golpe demasiado duro de soportar, lo que le había provocado un infarto agudo de miocardio. Como ya le habían administrado la pastilla de emergencia, Nerea sacó un estuche de agujas de acupuntura de su bolso. —Señor, señora Cabrera, le aplicaré un tratamiento de acupuntura para estabilizarla. En cuanto llegue la ambulancia, habrá que trasladarla al hospital. Jesús asintió. —Te lo encargo mucho, Nerea. Con movimientos ágiles y precisos, Nerea desinfectó las agujas y comenzó a aplicarlas. La habitación se sumió en un silencio absoluto; todos observaban a Nerea con el corazón en un puño. Aunque solo pasaron un par de minutos, a los presentes se les hizo una eternidad. Afortunadamente, Doña Cabrera abrió los ojos. —¡Abuela, ya despertaste! —¡Nicolás! ¡Mi niño, ya regresaste! —exclamó la anciana, mirando a Nerea con los ojos llenos de ternura. Con manos temblorosas, se estiró hacia ella y la regañó con cariño—: Muchacho travieso, hasta que te dignas a venir a ver a tu abuela. Nerea le tomó las manos con fuerza y, sonriendo entre lágrimas, le respondió: —Sí, abuela. Los presentes se miraron entre sí, asustados y confundidos por la reacción de la anciana. Querían corregirla, pero temían que una impresión fuerte volviera a afectarla, así que optaron por guardar silencio. Pasó poco más de un minuto antes de que la mente de la abuela se aclarara por completo, y una profunda tristeza asomó en sus ojos. Aun así, siguió mirando a Nerea con una sonrisa y le dijo con dulzura: —Eres tú, muchacha. Nerea asintió con una cálida sonrisa. —Sí, abuela, soy yo.

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