—¿Qué?
Moisés miró a su papá con incredulidad. En lugar de apoyarlo, ¿le estaba pidiendo que se disculpara?
¡Él era el herido!
De haber sabido, no habría ido a comer.
—Discúlpate, ¿qué no escuchas? —Al no obtener respuesta, Felipe le jaló la oreja a Moisés.
Moisés gritó de dolor. Si hubiera sido antes, la abuela Encinas habría saltado a defenderlo.
Pero ahora que ella no estaba, Felipe por fin tenía las manos libres para educar a los más jóvenes.
Bajo la presión de su padre, Moisés se levantó, agachó la cabeza hacia Nerea y se disculpó:
—Perdón, Nerea.
Nerea se limpió los dedos con calma y preguntó:
—¿En qué te equivocaste? Dímelo.
Moisés puso cara de sufrimiento; no esperaba que Nerea no soltara el tema y lo obligara a reflexionar frente a todos.
Para un adolescente, el orgullo lo era todo.
Pero a Nerea no le importaba. Si ellos la hacían enojar, ella no iba a fingir ser la hermana buena y tragarse el coraje.
No había necesidad.
Moisés dijo: —No debí difamarte sin pruebas.
—¿Fuiste a revisar las cámaras de seguridad? ¿Le preguntaste al mayordomo? ¿Te informaste del contexto de lo que pasó?
—Yo... —Moisés no supo qué responder.
No lo había hecho.
Nerea dobló la toallita húmeda, la dejó sobre la mesa y luego levantó la mirada hacia él.
—Si no lo hiciste, ¿cómo estás tan seguro de que me estás difamando? ¿Qué tal si en verdad fui yo quien molestó a tu Valentina? —Nerea miró a Moisés con burla.
Moisés, siendo joven y sin experiencia en la vida, se quedó ahí parado, sin saber qué decir.
Al ver que no hablaba, Nerea continuó: —Querer ayudar a los demás es una buena cualidad, pero actuar por impulso puede hacer que las buenas intenciones terminen mal. Si a quien ayudas hoy resulta ser alguien terrible, ¿tendrías la conciencia tranquila después?


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