Nerea Galarza se arregló y fue a la sala.
La sala estaba muy silenciosa. Leonardo Rojas acompañaba a Sofi mientras dibujaba.
Al escuchar sus pasos, padre e hija levantaron la vista.
—¡Mamá, ya despertaste! —celebró Sofi.
Leonardo ya se había puesto de pie y caminó hacia Nerea. La miró con ojos ardientes.
—¿Puedes caminar? Te cargo.
La niña estaba presente, así que Nerea se sintió un poco avergonzada.
—No hace falta, no es para tanto —dijo Nerea, apartándolo suavemente, y caminó hacia el sofá para sentarse.
Leonardo la siguió de cerca.
—Mi amor, voy a pedir el desayuno. ¿Qué se te antoja?
Tras haber gastado tanta energía la noche anterior, Nerea se tocó el estómago que le rugía y respondió:
—Algo fuerte. Carne.
Mientras Nerea se acomodaba en el suave sofá, Leonardo se apresuró a colocarle un cojín en la espalda y luego tomó la tableta para ordenar la comida.
—¡Mamá! —Sofi corrió hacia Nerea, ansiosa por compartir su logro—. ¡Ya sé contar hasta cien!
Hasta el día anterior, Sofi solo sabía contar hasta cincuenta. Al escuchar que ya llegaba al cien, Nerea se sintió tan sorprendida como feliz.
—Mi Sofi es muy inteligente —primero la elogió y le dio palabras de cariño, antes de adivinar—: ¿Te enseñó papá?
Sofi asintió con entusiasmo.
—Sí, papá me enseñó.
Hacía un rato, en el gimnasio de la casa, Leonardo la había puesto a contar.
La niña estaba muy interesada, pero, al fin y al cabo, solo tenía cuatro años y se equivocaba en el proceso.
Por suerte, Leonardo tuvo paciencia; después de explicarle varias veces, Sofi logró llegar al cien.
—Mamá, papá es increíble. Puede levantarme muy alto con una sola mano. Y dijo que también puede cargarte a ti y levantarte así de alto.
Nerea asintió con una sonrisa.
—Papá es muy fuerte.

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