—Tengo que mantener mi reputación —respondió Nerea empujándolo.
Tras vestirse y aplicarse un maquillaje ligero, la familia salió rumbo al hospital para hacer una visita.
Lo que Nerea jamás imaginó fue que, al abrirse las puertas del ascensor, se encontraría de frente con Cristian Vega.
Después de asistir al funeral de la abuela Encinas, Cristian había viajado a Rosarito por negocios.
Sus asuntos allí ya estaban prácticamente resueltos, pero al día siguiente era el sexagésimo cumpleaños de don Sergio Maldonado y había recibido una invitación.
Por eso decidió quedarse un par de días más.
Al ver a Nerea, la sorpresa cruzó su rostro por un segundo, pero rápidamente metió en el bolsillo del pantalón la mano en la que llevaba su anillo.
—Qué coincidencia, directora Galarza.
Aunque asintió a modo de saludo, la mirada de Cristian no pudo evitar posarse en las manos entrelazadas de Nerea y Leonardo.
Con el corazón oprimido por una mezcla de emociones, saludó también a Leonardo y preguntó:
—¿Cuándo regresó al país, señor Rojas?
Aunque Leonardo había perdido la memoria, sus instintos seguían intactos.
Captó de inmediato que el ambiente entre Nerea y Cristian era tenso.
Al escuchar que Cristian se dirigía a él, dedujo que se conocían. «¿Será un rival?», pensó.
Manteniendo una expresión imperturbable, respondió con frialdad:
—Ayer.
—¿Van a entrar? —preguntó Cristian mientras sostenía la puerta del ascensor.
—Gracias —dijo Nerea, y entró junto a Leonardo.
El trayecto fue silencioso, solo se escuchaba el leve zumbido del ascensor descendiendo. La atmósfera era inexplicablemente extraña.
Como Leonardo no recordaba nada, prefería no hablar mucho para no meter la pata.
Era un hábito que había adquirido en Tailandia: hablar poco para equivocarse poco.
Entre Nerea y Cristian, en cambio, no había mucho de qué hablar, excepto de Ulises.
Para romper el hielo y tener una excusa para interactuar con Nerea, Cristian comentó:
—Ayer hablé con Ulises. Dijo que vendrá para Año Nuevo.
—Mamá, ¿ese señor está hablando de mi hermano Ulises? —preguntó Sofi con curiosidad.
¿Mamá?
Sofi no quiso que Leonardo la cargara más. Quería caminar sola, así que tomó a Nerea y a Leonardo de las manos, uno a cada lado, y empezó a balancearse como en un columpio.
—¡Papá y mamá son muy fuertes!
—¡Jajaja, qué divertido!
La risa cristalina y alegre de la niña resonó a sus espaldas.
Cristian detuvo sus pasos y miró hacia atrás.
Vio a Nerea y a Leonardo sosteniendo a Sofi, formando la imagen perfecta de una familia feliz.
Sintió una punzada de envidia y un profundo remordimiento.
Si en el pasado no hubiera sido tan ciego, Nerea, Ulises y él habrían sido así de felices.
Pero él mismo se encargó de destruirlo todo con sus propias manos.
Leonardo, que tenía un sexto sentido para las miradas fijas, giró la cabeza.
Cristian ocultó de inmediato las complejas emociones de sus ojos, recuperó su habitual semblante frío y le dedicó a Leonardo un breve asentimiento.
En ese momento, Leonardo confirmó sus sospechas: Cristian Vega era cien por ciento un rival que codiciaba a su esposa.
Aun así, sin mostrar ninguna emoción, le devolvió el asentimiento por pura cortesía.

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