¿Qué iba a hacer?
¿Qué demonios iba a hacer?
¡Todo era culpa de la estúpida idea del licenciado Zavala! ¡Y todo por no contestarle el maldito teléfono!
¡Todo era culpa de Marisa! Si iba a sobornar gente, ¿por qué no fue más cuidadosa?
¡Todo era culpa de Patricia y de esa zorra de Nerea!
Renata culpó a todos en su mente, excepto a ella misma.
Su pecho subía y bajaba agitadamente por la rabia; sus ojos, cada vez más rojos, delataban una extraña y siniestra tensión nerviosa.
—¡Suéltenme! ¡Exijo ver al director Gutiérrez! ¡Llámenlo ahora mismo!
La enfermera, manteniendo su sonrisa imperturbable, la consoló con paciencia infinita:
—Señorita Quiles, pórtese bien, no haga berrinches. Mírese, está sufriendo una crisis otra vez. Es hora de regresar a tomar su medicina.
Renata, presa del pánico, chilló:
—¡Quiero ver al director! ¡Yo le doné dinero a este hospital, exijo verlo!
—Sí, claro que sí. Todos sabemos que le donó muchísimo dinero al director. Así que vamos a portarnos bien, nos tomamos la medicina y yo misma la llevaré a verlo, ¿le parece bien?
En ese instante, Renata lo entendió todo: esa enfermera había sido enviada por Patricia para destruirla.
De pronto, miró a la enfermera como si estuviera viendo a un fantasma.
Terror, pánico, desesperación.
Con el cuerpo temblando como una hoja, soltó una retahíla de insultos:
—¡Lárgate! Sé que quieres hacerme daño, ¡seguro trabajas para esa maldita zorra de Patricia! ¡Aléjate de mí! ¡Ayuda! ¡No soy una enferma mental!
El instinto de supervivencia le otorgó a Renata un arrebato de fuerza bruta.
—¡No la lastimen! —exclamó la enfermera, fingiendo preocupación.
Los guardias aflojaron un poco el agarre y, de manera inesperada, Renata logró soltarse. Corrió tropezando y arrastrándose hacia la multitud de visitantes.
—¡Ah! —Varios gritos de susto estallaron alrededor.
Renata, con un comportamiento errático, se aferró a las piernas de una mujer.
—¡Ayúdeme, se lo ruego! Sálveme, no estoy loca, ¡todo esto es una trampa!
La mujer, aterrada, comenzó a gritar:

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