La paciente comenzó a aplaudir, rebosante de alegría.
Renata, en cambio, no podía dejar de temblar; su rostro estaba pálido como el papel y el sudor frío le escurría por la frente.
Intentó huir del lugar, pero los guardias la mantenían acorralada; no tenía escapatoria.
La enfermera entró con una bandeja en la que llevaba un vasito de agua y unas pastillas.
—Señorita Quiles, ¡es hora de tomar la medicina!
—¡Ah! ¡Aléjate de mí! ¡No quiero! —Renata soltó patadas y puñetazos, moviendo la cabeza de un lado a otro para evitar que le hicieran tragar las pastillas.
La enfermera exhibió una sonrisa que ponía los pelos de punta.
—Señorita Quiles, si no se porta bien, tendremos que someterla a la terapia de electrochoque.
Al escuchar la amenaza, Renata se echó a llorar, aterrorizada.
—Déjenme ir, se los ruego. ¿Cuánto les pagó Patricia? Yo les ofrezco el doble... ¡No, esperen!
Renata sacudió la cabeza frenéticamente y levantó ambas manos en señal de rendición.
—Les daré diez veces más. ¡Diez veces más! ¿Les parece bien? Se los suplico, déjenme salir de aquí.
—¿Qué locuras está diciendo la señorita Quiles? Vaya, parece que su condición ha empeorado. Creo que necesitaremos aplicar un método de tratamiento más riguroso...
...
Desde otro lugar, Patricia observaba la transmisión de video en vivo.
En la pantalla, Renata chillaba como si la estuvieran desollando; su rostro estaba blanco de terror y su cuerpo temblaba como si tuviera Parkinson.
Patricia esbozó una sonrisa cargada de crueldad.
¿Eso era todo? ¿Apenas empezaba y ya no lo soportaba?
Ella tenía solo diez años cuando la encerraron en un lugar así, donde nadie escuchaba sus gritos de auxilio y cada día era un infierno en vida.
En aquel entonces, se había hecho una promesa: si algún día lograba salir con vida, se aseguraría de aplicar la ley del talión y hacerlos pagar todo con creces.
Todo el sufrimiento que había soportado, Renata tendría el placer de experimentarlo en carne propia.
Los ojos de Patricia se oscurecieron con un odio inmensurable, y su expresión se tornó siniestra y radical, luciendo irreconocible respecto a la chica sonriente que era normalmente.
—No mires más —dijo Nerea Galarza, sujetando la mano de Patricia.
La mano de Nerea era cálida, pero firme.
Con ese simple contacto, logró sacar a Patricia de aquel oscuro pantano de recuerdos llenos de dolor infinito y desesperación.
Patricia cerró la ventana del video.

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