A lo lejos, se escuchaba a las mujeres del Pueblo de los Álamos hablar con desprecio:
—¡Esa vieja Coronel cobró 500.000 pesos de Esteban y ahora tiene la cara dura de venir a pedir dinero para su manutención! ¡Qué sinvergüenza!
Otra voz respondió, estridente y vulgar:
—¡Pah! A ustedes qué les importa, chismosas. Lo que pasa es que me tienen envidia, les arde que yo haya criado a una buena muchacha que vale oro.
—Vieja Coronel, ten un poco de vergüenza. Por culpa de tu familia, las chicas de los pueblos vecinos ya no quieren casarse con los hombres de tu aldea.
—¡Pura basura! ¡Me están difamando! No intenten echarme la culpa de sus desgracias, si sus hijos no consiguen mujer es porque son unos inútiles. Miren a mi muchacho, él sí que consiguió una buena esposa.
Una mujer del Pueblo de los Álamos escupió cáscaras de semilla y soltó una carcajada burlona:
—Deja de presumir. Todo el mundo sabe que compraste a esa esposa con los 500.000 pesos que le sacaste a Esteban.
Otra mujer que estaba a su lado tiró sus semillas al suelo y le dio la razón:
—Exacto, qué ridícula. ¿Y todavía se atreve a presumirlo? ¿Qué tiene de admirable vender a su propia hija?
Enriqueta Coronel soltó un bufido sarcástico:
—Todos sabemos que a ustedes también les gustaría vender a las suyas. Pero qué lástima, son tan feas, igual de gordas y deformes que ustedes. Por eso nadie las quiere y se les están quedando en la casa para darles puras pérdidas.
—Vieja Coronel, tienes la boca llena de porquería, hablas pura basura.
—¡No tanta como tú, que escupes puro veneno!
—Vieja Coronel, vas a ver si no te doy una buena paliza.
—¡A ver, atrévete si puedes!
Al ver que estaban a punto de agarrarse a golpes, don Braulio gritó con fuerza:

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