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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 928

A lo lejos, se escuchaba a las mujeres del Pueblo de los Álamos hablar con desprecio:

—¡Esa vieja Coronel cobró 500.000 pesos de Esteban y ahora tiene la cara dura de venir a pedir dinero para su manutención! ¡Qué sinvergüenza!

Otra voz respondió, estridente y vulgar:

—¡Pah! A ustedes qué les importa, chismosas. Lo que pasa es que me tienen envidia, les arde que yo haya criado a una buena muchacha que vale oro.

—Vieja Coronel, ten un poco de vergüenza. Por culpa de tu familia, las chicas de los pueblos vecinos ya no quieren casarse con los hombres de tu aldea.

—¡Pura basura! ¡Me están difamando! No intenten echarme la culpa de sus desgracias, si sus hijos no consiguen mujer es porque son unos inútiles. Miren a mi muchacho, él sí que consiguió una buena esposa.

Una mujer del Pueblo de los Álamos escupió cáscaras de semilla y soltó una carcajada burlona:

—Deja de presumir. Todo el mundo sabe que compraste a esa esposa con los 500.000 pesos que le sacaste a Esteban.

Otra mujer que estaba a su lado tiró sus semillas al suelo y le dio la razón:

—Exacto, qué ridícula. ¿Y todavía se atreve a presumirlo? ¿Qué tiene de admirable vender a su propia hija?

Enriqueta Coronel soltó un bufido sarcástico:

—Todos sabemos que a ustedes también les gustaría vender a las suyas. Pero qué lástima, son tan feas, igual de gordas y deformes que ustedes. Por eso nadie las quiere y se les están quedando en la casa para darles puras pérdidas.

—Vieja Coronel, tienes la boca llena de porquería, hablas pura basura.

—¡No tanta como tú, que escupes puro veneno!

—Vieja Coronel, vas a ver si no te doy una buena paliza.

—¡A ver, atrévete si puedes!

Al ver que estaban a punto de agarrarse a golpes, don Braulio gritó con fuerza:

Enriqueta empujó a las mujeres del pueblo y, cambiando su expresión a una sonrisa aduladora, se acercó a ellos.

—¿Ustedes deben ser los padres biológicos de mi pequeña Lucía, verdad? Con razón la niña era tan preciosa desde chiquita, salió igualita a ustedes.

Los Valente no respondieron. Solo la miraron en un frío y resentido silencio.

Enriqueta se dio cuenta de que no les agradaba, pero su cara era más dura que el cemento. Haciéndose la ingenua, sonrió:

—Ya que son los padres biológicos de Lucía, hay unas cuantas cuentas que tenemos que arreglar.

—A esa niña me la encontré tirada. Si no fuera por mí, se la habrían comido los lobos silvestres. Veo que al señor Ricardo no le falta el dinero, así que deberían pagarme por haberle salvado la vida. Y además...

—Al fin y al cabo, crie a Lucía por muchos años. Nosotros no tenemos las comodidades del señor Ricardo, solo somos campesinos que trabajan la tierra de sol a sol. Criar a un niño extra es una boca más que alimentar. Como dice el dicho: un niño en crecimiento te vacía la despensa.

—Nuestra familia de por sí no era rica. Para alimentarla, mi esposo y yo nos apretamos el cinturón, pasamos hambre y le dimos todo lo mejor a ella. Por ese esfuerzo de haberla criado, también deberían darme una compensación. No pediré mucho, con dos millones de pesos será más que suficiente.

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