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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 929

—¡Vieja Coronel, ten un poco de decencia! —Don Braulio no pudo soportarlo más.

Enriqueta Coronel lo miró con furia.

—Viejo Braulio, ¿qué te importa a ti?

Don Braulio le reclamó con rabia:

—¿Acaso no tienen corazón? En ese entonces, Esteban les dio 500.000 por el Acta de desvinculación familiar. La policía estuvo ahí, los aldeanos fueron testigos y ustedes mismos firmaron los papeles.

Enriqueta se puso las manos en las caderas, completamente irracional:

—¡La desvinculación es para el futuro, para que no tenga que mantenernos en la vejez! ¡Pero la deuda por haberla criado en el pasado, esa no me la ha pagado!

—¿De verdad la criaste? —Doña Elena estalló de repente y gritó con voz desgarradora—: ¡Si hubieras criado bien a Lucía, no te daría dos millones, te daría cien millones! ¿Pero acaso la cuidaron?

El pecho de doña Elena subía y bajaba agitadamente, y las lágrimas volvieron a brotar sin control de sus ojos mientras lloraba desconsoladamente.

—¿Cómo que no? Si no le hubiera dado comida, ropa y un techo, se habría muerto de hambre o de frío, y habría terminado como mendiga en las calles.

Una mujer del Pueblo de los Álamos no aguantó más y se metió en la discusión:

—Lucía trabajaba como un animal de carga en tu casa. ¿Qué diferencia había con ser mendiga?

—¡Lárguense de aquí! ¡Esto no es asunto suyo! —Enriqueta se volvió loca de repente. Agarró una escoba enorme que estaba cerca y empezó a golpear a las mujeres del pueblo.

Mientras lanzaba escobazos, insultaba a los gritos:

—¡Montón de chismosas! ¡Víboras venenosas! Todo lo que dicen son puras mentiras porque no soportan verme triunfar. Me costó sangre, sudor y lágrimas criar a Lucía, y encima le conseguí un buen partido para casarse. Si no me dan las gracias, al menos reconozcan mi esfuerzo. ¡Ustedes son pura escoria, ratas de alcantarilla! Me tienen envidia y por eso me echan tierra. ¡Les advierto que se van a ir directo al infierno y les van a arrancar la lengua por chismosas!

Después de armar su escándalo, Enriqueta se giró hacia los Valente con una sonrisa descarada.

—No le hagan caso a esa gente, en el campo a algunos les encanta inventar chismes por envidia. Nosotros siempre fuimos muy buenos con Lucía; nos quitamos el pan de la boca para sacarla adelante, no fue nada fácil. Dos millones de pesos no son nada para gente rica como ustedes, es lo que se gastan comprando cualquier auto.

—No es mucho, pero no quiero dártelo —replicó doña Elena, secándose las lágrimas de rabia—. Golpeaste a mi hija, la insultaste, la trataste como esclava y la maltrataste. ¿Y todavía tienes el descaro de pedir dinero? ¡Sigue soñando!

—¿Así de educados son los ricos? Se comporta como una mujer de la calle. Hoy sí que he visto de todo.

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