—¡Exacto! Los que no saben hablar como gente civilizada son ustedes.
—¡No se pongan bravos, que esto es el Pueblo de los Álamos! ¡Aquí no vienen a hacer sus berrinches!
—¡Sí, qué clase de gente son! ¡Lárguense! Hasta contaminan el aire de nuestro pueblo.
—¡Lárguense! ¡En el Pueblo de los Álamos no son bienvenidos!
Los aldeanos del Pueblo de los Álamos se unieron a la defensa, y el conflicto escaló en un instante. Parecía que llegarían a los golpes.
Tomaron azadones, ladrillos, bancos de madera...
Don Braulio, temiendo que ocurriera una tragedia, gritó: —¡Basta! ¡Deténganse todos!
Leonardo Rojas y sus guardaespaldas se adelantaron a zancadas, separando a la multitud. —¡Tranquilos todos!
Los Coronel miraban a la familia Valente con ferocidad. —¡El dinero! ¡Danos el dinero y nos vamos de inmediato!
Fernando Valente respondió frío: —¿Y si no se los damos? ¿Qué piensan hacer? ¿Golpearnos?
—Entonces no saldrán de aquí. Si quieren irse, tendrán que pasar por encima de nuestros cadáveres.
Mientras hablaban, varios miembros de la familia Coronel se tiraron al suelo, bloqueando el único camino de salida del pueblo.
Fernando asintió. —De acuerdo. Dos millones de pesos, ¿cierto? Se los daré.
Fabrizio Valente miró a su hermano en shock. —¡Hermano! ¿Qué estás haciendo?
Mauricio también frunció el ceño. —¡Fernando, no se los des!
Fernando les palmeó los hombros. —Yo sé lo que hago.
Ricardo Valente, confiando plenamente en su hijo mayor, intervino: —Háganle caso a su hermano.
—Dame un número de cuenta —dijo Fernando.
Enriqueta Coronel sacó rápidamente una tarjeta bancaria. —Transfiérelo aquí.
Dos millones, transferidos al instante.
Los Coronel, al ver la cantidad de ceros en su cuenta, se volvieron ambiciosos; sintieron que habían pedido muy poco, que debieron exigir más...

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