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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 938

Nerea leyó sus intenciones al instante, pero decidió hacerse la desentendida. —Están buenísimos. ¿Quieres probar?

—Sí.

Nerea sonrió y le acercó el tamal a la boca. Leonardo lo miró un segundo y luego volvió a mirarla a los ojos.

Al ver el brillo travieso en su mirada, entendió que lo estaba provocando.

—Ah, ¿conque jugando con fuego?

—¡Piedad, Leo!

—Demasiado tarde. Ya me hiciste enojar y tengo mucha hambre. Necesito comerme algo delicioso.

Leonardo le sujetó la mano con suavidad, la empujó suavemente contra el respaldo del asiento y, entre risas ahogadas, bajó la cabeza y capturó sus labios.

Cerca de diez minutos después, Leonardo se separó de ella, todavía con ganas de más.

Nerea, con las mejillas encendidas, murmuró: —¿Estaba rico?

Él volvió a inclinarse, depositando un beso fugaz en la comisura de sus labios. —Un manjar... casi no pude detenerme.

Nerea soltó una carcajada y lo empujó suavemente del pecho. —Ya, pórtate bien y vámonos, o el guardia va a venir a interrogarnos otra vez.

Y tenía razón; el guardia que hacía la ronda nocturna ya estaba a punto de acercarse para preguntarles si el coche tenía alguna falla mecánica o si necesitaban asistencia.

Pero justo cuando dio el primer paso, Leonardo encendió el motor.

Al pasar por la caseta de vigilancia, Leonardo bajó la ventana y se despidió del guardia con la mano.

Cuando Nerea terminó de comer, Leonardo le entregó el sobre de papel manila.

—¿Qué es esto?

Nerea lo abrió y sus ojos se iluminaron de emoción. —¡Aprobaron tu solicitud de matrimonio!

—Así es —sonrió Leonardo. Orilló el coche, apagó el motor y se giró para verla a los ojos.

—Nere, ¿aceptas casarte conmigo y compartir el resto de tu vida a mi lado?

No había un escenario espectacular, ni un ramo de rosas, ni una caja de terciopelo. Solo eran ellos dos.

En una calle oscura de la ciudad, dentro de un coche.

Pero la mirada de Leonardo ardía con tal intensidad que parecía a punto de derretirla.

Pero Andrés no se movió. Al ver que su jefe seguía inmerso en los reportes, insistió: —Señor Rojas, cene primero y luego sigue trabajando. Si se enfría, ya no sabrá igual.

Kevin levantó la cabeza, sorprendido de ver a su asistente todavía ahí. —¿No te dije que te fueras? No necesitas quedarte a hacerme guardia.

—Soy su asistente personal, ¿cómo voy a irme a mi casa antes que usted?

—No tiene nada de malo —Kevin sonrió con cansancio. Al ver que el joven no tenía intenciones de irse, se estiró, se levantó de la silla y caminó hacia la mesa.

La mesa estaba llena de platillos finos, jugos y yogurt natural.

—¿Tú ya cenaste? Si no, acompáñame. Es demasiada comida para mí solo.

Andrés tomó asiento frente a su jefe. Tras observarlo un par de veces, se atrevió a preguntar: —Señor Rojas, ¿le pasó algo malo? Lo noto muy decaído.

Kevin le dio un mordisco a su cena y asintió con amargura. —Sí. La mujer de la que estoy enamorado está a punto de convertirse oficialmente en mi cuñada.

—¡Ah...! —Andrés abrió la boca, atónito. Por un lado, no podía creer que su jefe le estuviera confesando un secreto tan escandaloso; por el otro, su cerebro trabajaba a mil por hora intentando encontrar las palabras adecuadas para consolarlo.

Kevin soltó una carcajada vacía. —No te esfuerces en buscar palabras de consuelo, porque no sirven de nada. A menos que tengas un plan mágico para convencer a mi cuñada de que se case conmigo.

—Pero si pasara eso... entonces el que quedaría destrozado sería mi hermano —Kevin abrió los brazos en un gesto de total impotencia—. Es un callejón sin salida. Alguien tenía que salir perdiendo.

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