Al día siguiente.
La neblina se disipó y el sol hizo brillar el rocío sobre las hojas de las hortalizas. El cielo estaba de un azul impecable, adornado con algunas nubes blancas.
El aire del campo era tan puro que, al respirar profundo, se sentía cómo se limpiaban los pulmones.
Don Hipólito les dijo que habían llegado en el momento perfecto: hoy era el día de la matanza del cerdo.
Nerea nunca había presenciado algo igual.
En el terreno de tierra afuera de las casas, los vecinos habían cavado un gran agujero, montado una olla inmensa y puesto a hervir agua.
Varios hombres jóvenes del pueblo acorralaron al animal para sacarlo del chiquero. Era enorme y macizo. Como si presintiera su final, el cerdo empezó a chillar y a correr desbocado por todo el patio.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Los niños más traviesos, fascinados con el espectáculo, le lanzaban pequeños petardos.
El animal se aterrorizó aún más y corría sin rumbo, chocando con todo a su paso.
"¡Jajajaja!", reían los niños sin parar.
"¡Váyanse a jugar a otro lado, mocosos!", les gritó uno de los hombres, espantándolos de la zona.
Una vez despejado el terreno, los hombres lograron someter al cerdo, lo tumbaron y le amarraron las patas con sogas gruesas. Todos terminaron cubiertos de lodo y sudando a mares, pero con sonrisas de oreja a oreja.
"¡Qué buen animal crio, don Hipólito! ¡Hicieron falta cinco hombres para tumbarlo!"
Nerea se acercó a Leonardo, confundida. "¿Tú no hubieras podido hacerlo con una sola mano? ¿Para qué hacer tanto escándalo y llenarse de lodo?"


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