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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 115

Los ojos de Renata se abrieron de par en par, atónitos, y su expresión se endureció.

—¿Me estabas siguiendo?

Con esa reacción, ¿acaso lo estaba admitiendo?

El pecho de Enrique se sintió pesado mientras daba un paso acercándose más a ella.

—¿A qué fuiste a buscar a César Zaldívar?

—¿Acaso no te dije que tenías prohibido volver a verlo? Podías haberle encargado la entrega del trabajo a un subordinado.

—Además, no lo entiendo. ¿Para qué fuiste a verlo exactamente? ¿Por qué no podías decírmelo esta mañana?

—...

Renata, arrinconada por él contra la pared, no tenía adónde retroceder y tuvo que apoyar las manos en su pecho de manera defensiva.

Pero él seguía acortando la distancia...

Renata estaba furiosa; no lograba comprender por qué la estaba interrogando de esa manera.

Ese tipo de reclamos eran propios de una pareja... ¿Acaso ellos eran una pareja?

Esbozó una media sonrisa amarga y dijo algo con la clara intención de hacerlo retroceder:

—Enrique, yo solo estoy viviendo mi vida con normalidad. Que te obsesiones tanto con César Zaldívar... ¿acaso estás celoso?

Tal como lo esperaba, al segundo siguiente...

Enrique detuvo sus movimientos. Su apuesto rostro se volvió indescifrable y frunció el ceño... la viva imagen de la ausencia de amor.

El corazón de Renata se enfrió de golpe. Soltó una risita seca y se hizo a un lado dispuesta a marcharse.

Pero él volvió a sujetarle la muñeca.

—Renata...

Las pestañas de la joven temblaron levemente...

La mirada de Enrique era profunda; la yema de su pulgar acarició la piel de su muñeca, y su nuez de Adán subió y bajó ligeramente, como si quisiera decirle algo.

Justo en ese momento...

El tono de llamada de un celular interrumpió la tensión.

Un tono personalizado.

Era Ximena.

Renata apretó los labios, sintiendo cómo su corazón se congelaba por completo. Sin mostrar ninguna emoción, retiró la mano, se dio la vuelta y se dirigió a la barra para servirse un vaso de agua...

Enrique cerró el puño y la vio alejarse, sintiendo cómo una irritación incomprensible y frustrante brotaba en su interior...

Hasta que el teléfono sonó por segunda vez.

Solo entonces sacó el celular de su bolsillo y contestó la llamada.

Sin embargo, su mirada seguía fija en ella.

—Dime, ¿qué pasó? ¿Te está doliendo la herida otra vez?

Ximena:

—Está bien... ¡Gracias! ¡En cuanto me recupere, volveré al trabajo de inmediato!

Enrique:

—No hay prisa, ya es tarde, ve a descansar.

—...

Apoyada en la barra, Renata escuchaba su empalagosa conversación y esbozó una sonrisa cargada de burla.

¡Por supuesto, al que es amado siempre se le permite todo el descaro del mundo!

Ximena no esperaba que la llamada terminara tan rápido; aún quería preguntarle sobre el cupo para la competencia.

—Espera...

Enrique colgó sin más preámbulos.

Se guardó el teléfono en el bolsillo y miró a la mujer apoyada en la barra.

La habitación estaba cálida, así que al entrar ella se había quitado el abrigo. Ahora solo llevaba un suéter ajustado de punto. Su cabello caía suelto sobre sus hombros, y con la mirada baja, se veía sumamente frágil y dócil...

En realidad, Renata era muy atractiva para cualquier hombre...

Al menos en ese instante, Enrique sintió un deseo irrefrenable de abrazarla, y así lo hizo. Se acercó, rodeó su pequeña y esbelta cintura desde atrás, apoyó la barbilla en su hombro y la llamó en voz baja:

—Renata...

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