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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 116

Nunca antes se habían abrazado con tanta intimidad.

Al ver que ella no forcejeaba y se mantenía obediente, el corazón de Enrique se ablandó.

En el fondo, no quería pelear con ella.

Ella era tan dócil que, en su interior, no soportaba ser cruel con ella.

—Renata, te pido perdón por lo que pasó en el hospital la otra vez. Ya no estés enojada, ¿sí? Tampoco sigas ignorándome. Dime qué quieres, te daré lo que pidas como compensación.

—Y sobre lo de César Zaldívar, no diré nada más, pero de ahora en adelante, prométeme que me contarás todo lo que vayas a hacer, ¿de acuerdo?

Él sentía que ya había hecho la mayor concesión posible.

Sin embargo, a Renata todo esto solo le parecía irrisorio.

¿Por qué habría de perdonar a alguien que la había pisoteado?

Y además, ¿cuándo le había informado él detalladamente sobre su agenda? ¡Siempre había sido ella la que tenía que rogarle a su secretario para averiguarlo!

Renata frunció el ceño. No tenía la más mínima intención de discutir eso y se removió débilmente en sus brazos.

—Suéltame primero...

Enrique no la soltó, al contrario, se dejó llevar y la abrazó con más fuerza.

Nunca antes la había abrazado así, y ahora que lo hacía, descubría que se sentía bastante bien...

Soltó una risita y bromeó a propósito:

—Si me dices que sí, te suelto.

—¡Enrique! —exclamó Renata, indignada de que pudiera ser tan cínico. Sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor por la molestia.

Enrique se rió por lo bajo, la abrazó un momento más y solo entonces la soltó, aunque aún con ganas de seguir abrazándola.

—Ya, ya, solo bromeaba. No te enojes.

Renata se apartó de él y se arregló la ropa. Bajo la luz de la lámpara de cristal, el movimiento al inclinarse resaltó su figura perfecta: cintura estrecha, piernas largas y unos cuantos mechones de cabello cayendo con gracia... desbordaba un encanto cautivador.

Enrique la recorrió de arriba a abajo con la mirada, frotando sus dedos de forma inconsciente. Después de unos segundos, volvió a hablar:

—Ah, por cierto, hay otra cosa. Ximena se lastimó y probablemente no pueda participar en el proyecto de San Valentín. Mañana que vayas a la oficina, encárgate tú de eso...

Las manos de Renata se detuvieron mientras se acomodaba las mangas.

Conque de eso se trataba. Todas esas palabras dulces que acababa de decir tenían este único propósito... quería que ella le limpiara el desastre a Ximena.

Renata respiró hondo, bajó las manos, lo miró a los ojos, y conteniendo el impulso de darle una bofetada, forzó una sonrisa apretando los dientes y aceptó:

—De acuerdo, yo me encargo...

Ahora mismo, la Sra. Yáñez todavía la tenía bajo su yugo.

No le quedaba más remedio que ceder.

—¿Hay algo más? Si no, me voy arriba a terminar mi trabajo.

—Renata.

Nadie respondió.

Presionó la manija de la puerta con la intención de entrar directamente, igual que había hecho en la mañana.

Sin embargo, ¡la puerta estaba con seguro!

El rostro de Enrique se oscureció. Nadie le había cerrado la puerta en la cara en su vida; Renata era la primera...

Y eso hería su orgullo.

Soltó la manija y no insistió más en entrar. Volvió a tocar y dijo:

—Descansa. Ya olvidemos lo de César Zaldívar, ¿sí...? De ahora en adelante, puedes contarme lo que sea.

Aún sin recibir respuesta.

Enrique apretó los labios, esperó unos segundos y finalmente se marchó. Volvió a su estudio y llamó directamente a Santiago Valdés.

Aunque de labios para afuera había dicho que lo de César Zaldívar había quedado en el pasado, ¿cómo iba a olvidarlo realmente?

A Renata nadie más podía codiciarla.

Era una posesividad tan enfermiza de la que ni él mismo era consciente.

Se aflojó la corbata, caminó hacia el ventanal y, entre sus marcadas cejas, asomaba una oscuridad mucho más profunda que la noche que se extendía afuera...

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