César frunció el ceño, su rostro estaba ensombrecido por una profunda melancolía.
Estaba a punto de rechazarlo.
Pero Camilo añadió: —El cuñado de Renata, Santiago Valdés, vino a buscarlo. Dice que tiene algo importante que decirle...
César se quedó inmóvil por un segundo. Tras pensarlo un poco, se incorporó, apagó el cigarrillo y dijo con voz grave: —Que pase.
—Enseguida.
Al momento siguiente, la puerta se abrió lentamente.
Camilo entró acompañado de Santiago.
Era la primera vez que Santiago pisaba la oficina de un presidente de ese nivel. Al ver la imponente decoración y las lujosas piezas de porcelana en los estantes, su corazón empezó a latir a mil por hora.
Si le regalaran solo una de esas piezas, ¡se haría rico de la noche a la mañana!
Los ojos ladinos de Santiago recorrieron la habitación mientras calculaba sus posibilidades en secreto...
Camilo lo condujo hasta el escritorio y le dijo: —Hace un rato mencionaste que tenías información sobre Renata para el Sr. Zaldívar. Habla.
¿Renata?
Los ojos de César se oscurecieron y fijó la mirada en Santiago.
—¿Qué pasa con Renata?
Santiago cruzó miradas con él por un instante y la abrumadora presión que emanaba de aquel hombre lo hizo sentir como si estuviera rodeado de cuchillos.
Su propia cobardía lo traicionó; encogió los hombros y, sin atreverse a sostenerle la mirada un segundo más, agachó la cabeza rápidamente.
—Verá, hay algo que... la última vez no le expliqué bien al Sr. Zaldívar...
—Es que estaba muy nervioso, tenía miedo de ofenderlo si hablaba de más y no terminé de contarlo. Pero estos días lo he estado pensando y, mientras más lo pienso, más me inquieta. Creo que debía decírselo...
César vio a través de su juego al instante. Con expresión glacial, cruzó las piernas, se recostó en la silla y encendió otro cigarrillo.
Al ver esto, Camilo frunció el ceño, le dio un empujoncito a Santiago y le advirtió: —Ve al grano.
Santiago dio un respingo. Al levantar la vista y notar que la paciencia de César se agotaba, le brotó una fina capa de sudor frío en la frente.
Santiago dudó un poco y agachó aún más la cabeza.
—No lo sé. Cuando Renata apareció, no tenía a nadie. Dijo que no tenía familia ni amigos. Isabel sintió pena por ella, la llevó a la casa y la cuidó durante un tiempo.
Por supuesto, omitió convenientemente el detalle de que, cuando llevaron a Renata, ardía en una fiebre tan alta que su cuerpo parecía un horno. Deliraba, decía cosas sin sentido y el delirio casi le quema el cerebro.
Le tomó mucho tiempo de reposo empezar a recuperarse, pero el daño estaba hecho. Había olvidado gran parte de su pasado, al punto de no recordar ni de dónde venía.
Isabel la había llevado a la estación de policía, pero por alguna razón burocrática, el asunto se fue prolongando. Poco a poco, Isabel perdió las esperanzas. Abrumada por la dura realidad de su propia vida, decidió simplemente seguir adelante día a día, esperando que Renata algún día recuperara la memoria.
Y así pasaron los años.
En aquel entonces, si Santiago no hubiera notado que los objetos que la chica llevaba encima eran carísimos, sugiriendo un origen adinerado, y si no fuera porque luego comenzó a salir con el poderoso Enrique Yáñez, él jamás habría permitido que Isabel la mantuviera y le pagara los estudios. ¡Qué desperdicio de dinero habría sido!
César entrecerró los ojos y lo observó en silencio.
Sintiendo aquella gélida mirada clavada en él, la espalda de Santiago se tensó. Estaba aterrorizado de que descubrieran sus verdaderas intenciones.
Su mayor temor era contar todo de una vez, quedarse sin valor para negociar y, al final, marcharse con las manos vacías.

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