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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 267

Renata no tenía nada que ocultar, pero no soportaba que él la mirara así, como si la hubiera atrapado siéndole infiel.

Frunció el ceño, se dio la vuelta y se preparó para marcharse en la dirección contraria.

La mirada de Enrique se oscureció. Apagó el cigarrillo con fuerza, la alcanzó en dos largas zancadas y le bloqueó el paso con el brazo. Habló con voz grave:

—¡Renata, tenemos que hablar! ¡Vamos a dejar las cosas claras de una vez!

¿Hablar?

Al escuchar eso, Renata casi soltó una carcajada de indignación.

Para conseguirle ese puesto en el concurso a Ximena, él la había empujado a ella al abismo. ¿De qué demonios iban a hablar?

Renata tomó aire, giró el rostro y lo enfrentó.

—Enrique, si ya hiciste tanto por Ximena, entonces ve y quédate con ella. ¿Puedes dejar de molestarme de una buena vez?

Enrique frunció el ceño, visiblemente confundido.

—¿De qué estás hablando?

Se acercó a ella, y el roce frío de su fino abrigo de lana rozó la mano de Renata.

Clavó sus oscuros ojos en el hermoso rostro de porcelana de ella, bajó aún más la voz y le exigió:

—¿Qué quieres decir con eso, Renata? Explícate.

Seguía fingiendo.

Renata lo empujó por el hombro, con gesto distante y exhausto.

—No quiero decir nada. Suéltame. Ya es tarde, cada quien a su casa, ¿te parece?

Verla con esa actitud de total indiferencia encendió un fuego en el estómago de Enrique. Con un movimiento rápido y aplicando algo de fuerza, la empujó contra la pared que tenían detrás.

—Ah, claro. Conmigo no tienes nada que hablar, nada que decir. ¡Pero con César Zaldívar sí tienes mucho de qué platicar, ¿verdad?! ¡A él sí le sonríes con tantas ganas!

Los dedos de Renata, que intentaban empujarlo, se detuvieron.

Al final, no había podido contenerse y sacó el tema a relucir. Toda esa insistencia enfermiza solo era producto de su ego y posesividad masculina.

Renata sonrió con sarcasmo.

Levantó la mirada hacia él.

Bajo la luz de la noche, el rostro de facciones marcadas del hombre resultaba innegablemente atractivo.

Ella levantó la mano, acarició levemente su mejilla y le dijo con voz suave:

—Enrique... ¿investigaste dónde estaba porque tenías miedo de que viniera a verme con otro hombre? ¿Es por eso que viniste corriendo?

Enrique entrecerró los ojos y no respondió.

Pero ella había dado en el clavo. Cuando no pudo encontrarla, la ansiedad lo estaba devorando. Temía, sobre todas las cosas, que hubiera ido a buscar a César Zaldívar.

Renata sabía que esa era la respuesta.

Soltó una risa fría y, habiendo llegado al límite de su paciencia, le dio una bofetada en ese rostro perfecto.

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