Afuera, el crepúsculo cubría la ciudad.
Después de salir del hospital, Renata tomó un taxi hacia Bahía Serena. Empacó todas sus cosas y se mudó a su propio pisito.
Tras horas de organizar cajas y ropa, por fin se acostó. Ya eran casi las cuatro de la madrugada.
Renata cerró los ojos, exhausta, pero con una profunda paz en el corazón. Faltaba muy poco para el concurso y, sobre todo... muy poco para irse de allí y comenzar de nuevo en Santa Clara.
Irse...
Sus pestañas temblaron. Se cubrió con la cobija hasta la cabeza, decidida a no pensar más.
Esa noche, quizá por el cansancio extremo, tuvo un sueño inusual.
Soñó que viajaba a Suiza con un hombre para observar las estrellas.
Bajo la inmensidad de la Vía Láctea, la noche era profunda y de una belleza abrumadora.
Ella estaba recargada en el hombro firme de ese hombre, disfrutando de la vista en silencio.
Al verla tan absorta, él bajó la mirada, le dio un suave beso en la cabeza y le susurró con una ternura infinita: "Mi amor, si tanto te gusta, vendremos aquí todos los años."
Ella asintió, emocionada, y giró el rostro hacia él para decirle algo. ¡Pero justo en ese momento, despertó de golpe!
Renata abrió los ojos, desorientada. Se quedó mirando fijamente el techo mientras su pecho subía y bajaba agitado...
¿Quién era ese hombre?
¿Era Enrique?
Después de todo, alguna vez había soñado con viajar a Suiza con él y ver las estrellas juntos.
Sin embargo, las palabras de ese hombre sonaban exactamente igual a la voz que resonó en su mente anoche, cuando miró el Álbum de los Recuerdos que le regaló César Zaldívar.
Pero, ¿cómo era posible?
¿Cuánto tiempo llevaba de conocer a César? Prácticamente nada.
El choque de ambas ideas le provocó un dolor de cabeza fulminante. Cerró los ojos y se masajeó las sienes hasta que la molestia cedió un poco.
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