Renata se quedó un poco atónita, pero sintió un reconfortante calor en el pecho. —Está bien. ¡Gracias, Sr. Zaldívar!
Colgó la llamada.
Esa sensación cálida aún le acariciaba el corazón.
Hasta que, de pronto, una notificación apareció en la pantalla. Era un mensaje de un número desconocido:
[Iré al Hotel Conrad más tarde.]
Firma: Enrique Yáñez.
Lo había bloqueado en redes sociales y llamadas, así que ahora le mandaba mensajes de texto.
Renata frunció el ceño. De inmediato, un nudo se formó en su garganta, mezclando una maraña de emociones contradictorias.
No entendía qué pasaba por la cabeza de ese hombre. ¿Qué ganaba con estarla buscando?
Si era obvio que no la amaba, ¿no sería mejor que la dejara en paz de una vez por todas?
Renata se quedó mirando el mensaje por un buen rato, pero al final decidió no contestar. Dejó el celular a un lado, se bajó de la cama y continuó desempaquetando sus cosas.
Había decidido irse.
Y no pensaba dar marcha atrás.
...
A las seis de la tarde.
Renata terminó de arreglarse y condujo hasta el Hotel Conrad.
Los organizadores se tomaban el concurso muy en serio, por lo que el Banquete de Bienvenida estaba preparado a la perfección. La decoración a la entrada era deslumbrante y lujosa.
Estacionó el auto y, justo al bajarse, recibió un mensaje de Mateo Linares:
[¿Ya llegaste? Salgo a buscarte.]
Renata sonrió con ternura. Sabía perfectamente que su colega y mentor saldría a recibirla para protegerla de las malas lenguas. Mateo siempre estaba ahí para darle su respaldo.
[Sí, acabo de estacionarme.]
Mateo: [Perfecto, camina hacia la entrada. Ya voy para allá.]
Renata le respondió con un breve "Ok", guardó el celular, cerró la puerta de su coche, lo bloqueó y caminó hacia la entrada principal.
—Tsk, esa es Renata, ¿verdad? ¡Conduce una Range Rover! Esa camioneta cuesta una fortuna. ¿De dónde sacaría alguien de su clase para comprar algo así?
—Seguro se la compró su "patrocinador".
—Renata le robó su lugar, ¿por qué no la expone públicamente?
...
Las preguntas llovían una tras otra.
Ximena retrocedió un poco, abrumada por los empujones, hasta que, fingiendo vulnerabilidad, soltó un suave: —Enrique...
De inmediato, Enrique extendió el brazo y formó una barrera entre ella y los reporteros.
No dijo ni una sola palabra para defender a Renata. Con frialdad, cortó el tema de tajo.
—Basta. Ella tiene que asistir al banquete.
Todos notaron la protección implícita en sus palabras y los fotógrafos no dejaban de disparar los flashes, maravillados por la escena.
Ximena se acurrucó bajo el brazo firme del hombre y esbozó una sonrisa triunfal.
No muy lejos de ahí, Renata observó esa "romántica" escena. Bajó la mirada, soltó una risa amarga y se dio la vuelta. Ya se lo esperaba: Enrique jamás soportaría ver a su querida Ximena pasando un mal rato.
—¡Renata! Siento la demora.
Mateo salió por una de las puertas laterales, corriendo hacia ella, ignorando por completo el circo mediático que había en la entrada.

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