Renata se sorprendió por un segundo, detuvo su andar, miró a Mateo y le dedicó una sonrisa genuina.
—No te preocupes, acabo de llegar.
Mateo le alborotó el cabello cariñosamente y le dijo: —Ignora a toda esa gente. En un rato se darán cuenta de quién es la joya de verdad y quién es pura baratija.
—Lo sé.
—Bien. Vamos, te acompañaré adentro. Don Mauricio ya te está esperando.
Ambos caminaron juntos hacia el interior, charlando y riendo en un ambiente muy relajado.
Esto llamó la atención de los presentes. —Oigan, ¿ese hombre junto a Renata no es el Sr. Linares? ¡No puede ser! ¿Desde cuándo Renata se codea con el mismísimo Mateo Linares?
—Y parece que se llevan de maravilla... Híjole, ¿será que la juzgamos mal?
—¿Quieres decir que Renata de verdad tiene talento?
...
Ximena escuchó esos comentarios y se le revolvió el estómago. No pudo evitar levantar la vista hacia Enrique.
Vio que el rostro impecable del hombre estaba oscurecido por la ira. Al ver a Renata y a Mateo entrar juntos, Enrique dio media vuelta y entró al hotel, dejando a Ximena botada sola frente a los periodistas.
—¿Qué le pasó al Sr. Yáñez?
—Srta. Zapata, ¿acaso el Sr. Yáñez se molestó por algo?
Preguntaron los reporteros, llenos de curiosidad.
Ximena sintió que se le caía la cara de vergüenza. Dio un par de respuestas evasivas, se dio la vuelta rápidamente y alcanzó a Enrique. Le tiró levemente de la manga y murmuró en voz baja:
—Enrique, me equivoqué anoche. Te pido perdón. Por favor, no me ignores así. Los periodistas están mirando... Si se hace un escándalo, la imagen de la empresa se verá afectada.
Enrique se apartó con frialdad y de pronto le preguntó: —¿Cómo sabías a qué hora iba a llegar?
Ximena se quedó muda. Evitó cruzar miradas con él, paseando los ojos nerviosa por el lugar. —Fue pura casualidad...
Por supuesto que no era casualidad. Ella había investigado su itinerario para llegar exactamente al mismo tiempo y asegurarse de que la prensa los captara juntos. ¡Era una estrategia para manipular a la opinión pública!
Enrique entrecerró los ojos. —¿De verdad?
El corazón de Ximena dio un vuelco. Esa mirada escrutadora la estaba quebrando; además, los periodistas no dejaban de observar la escena.
Si seguía así, tarde o temprano la descubriría.
En un tono casi suplicante, le tomó la mano y soltó un lastimero: —Enrique...
Su vocecita frágil habría despertado piedad en cualquiera.
Enrique se detuvo un momento. Al ver su rostro radiante y delicado, recordó a la niña indefensa que alguna vez fue. Al final, cedió.
Puso su mano grande sobre la cabeza de la chica y dijo en voz baja: —Vamos.
Los ojos de Ximena se llenaron de lágrimas de alivio. —Sí.
Tomaron el elevador juntos y se dirigieron al salón de banquetes en el noveno piso.
Antes de entrar, Ximena se aseguró de que su maquillaje y su vestido estuvieran impecables.
Pero no estaba preparada para lo que vería.
Miró frenéticamente a su alrededor en busca de alguien en particular.
Fue entonces cuando Hugo Duarte se levantó de una silla. Parecía que llevaba rato esperando la señal; tras cruzar miradas con ella, asintió y se dispuso a actuar.
Caminó hacia el grupo de Renata, le susurró algo al oído a uno de los invitados importantes, el hombre asintió y Hugo Duarte se retiró en silencio con una sonrisa cómplice. Casi nadie notó su presencia.
Ximena respiró aliviada. Observó a Renata conversando a lo lejos y un destello oscuro cruzó por sus ojos.
¡Ya veremos quién ríe al último!
De repente, la voz grave y apática de un hombre resonó en su oído: —¿A quién estabas mirando?
El corazón de Ximena pegó un brinco.
—A... a nadie —negó rápidamente, alterada.
Enrique la observó en silencio durante un par de segundos, pero no dijo nada y comenzó a caminar en dirección a Renata.
Ximena soltó el aire que retenía y corrió detrás de él.
Todo este teatro no pasó desapercibido para César Zaldívar, quien observaba desde una mesa exclusiva. Entrecerró los ojos, agitó suavemente su copa de champaña y con un leve movimiento de barbilla, le dio una orden a Camilo Falla.
Camilo obedeció de inmediato.
Sabía exactamente lo que su jefe quería: debía seguirle los pasos a Hugo Duarte.
Mientras tanto.
Renata continuaba charlando sobre las últimas tendencias con los maestros de la industria.

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