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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 298

César colgó la llamada.

Guardó el teléfono en el bolsillo de su saco, caminó hacia ella y la llamó con voz suave: —Renata.

Renata, que justo lo estaba esperando, levantó la mirada al escuchar su voz. Al ver que era él, sus labios se curvaron en una dulce sonrisa y caminó hacia su encuentro.

—Sr. Zaldívar.

César se quedó embelesado por un par de segundos al ver esa sonrisa iluminando su rostro. Tuvo que apretar los puños con fuerza para contener el impulso de tocarla.

—¿Estás feliz? —preguntó con una media sonrisa, sabiendo perfectamente la respuesta—. Te veo de muy buen humor.

Renata sonrió, sin intenciones de ocultarlo, y la verdad brotó de sus labios con naturalidad.

—Sí. Desde hace mucho tiempo soñaba con entrar al Estudio Albor. Cuando me descalificaron creí que ya no tenía oportunidad, jamás imaginé que...

La mirada de César se volvió más profunda.

Pensó para sí mismo: *Incluso si no hubieras participado en este concurso, me habría encargado de que entraras a ese estudio de todas formas.*

Sintiéndose un poco cohibida bajo su intensa mirada y con el corazón acelerado, Renata apartó la vista y preguntó en voz baja:

—Sr. Zaldívar, me dijo que tenía que hablar conmigo de algo importante, ¿qué era?

Había estado calculando el tiempo. Si se demoraban más de lo previsto y corría el riesgo de perder el vuelo, tendría que cambiar el pasaje.

César bajó un poco la mirada, sacó el teléfono de su chaqueta y habló con voz ligeramente ronca.

—No es nada urgente, es solo que... quiero que veas un video.

Le tendió el teléfono. En la pantalla, se reproducía una escena familiar...

Un chico y una chica, ambos en uniforme escolar, alimentando a unos gatos callejeros en un callejón. Era una escena cálida y llena de felicidad.

Eran ella y él.

En el pasado, a ella le encantaban los gatos. Solía alimentar a varios felinos en un callejón cercano a la escuela, y cuando se enteró de que iban a demoler esa calle, lloró desconsoladamente por días.

Sin embargo, el video no era una grabación real, sino una animación cuidadosamente reconstruida por un equipo de especialistas.

Todo el video era como un diario de recuerdos, diseñado sutilmente para ayudarle a evocar su pasado.

Renata frunció un poco el ceño, pensando que se trataba de algún material de trabajo, y extendió la mano para tomarlo. Pero de la nada, su corazón empezó a latir con fuerza, cada vez más rápido...

Especialmente cuando la yema de sus dedos rozó el teléfono y, accidentalmente, rozó los dedos de César. La sensación fue electrizante.

¿Qué le estaba pasando?

...

Por otro lado.

Después de bajar del escenario, Ximena le preguntó al personal a dónde había ido Enrique. Cuando le dijeron que estaba en la sala de descanso, se sorprendió por un segundo.

¿Habría ido a exigir justicia por ella?

Los ojos de Ximena se llenaron de lágrimas. Toda la humillación que había soportado en el escenario finalmente la hizo colapsar emocionalmente.

Se secó las lágrimas y corrió ansiosa hacia la sala de descanso.

Mientras caminaba por el pasillo, su corazón latía desenfrenadamente.

—...

Ximena observaba la escena desde la puerta. Su rostro había perdido hasta la última gota de color.

No sabía cómo seguía de pie. Sintió como si le hubieran arrancado el corazón, lo hubieran tirado al suelo y lo hubieran pisoteado sin piedad. Un dolor punzante y sordo la atravesó.

Así que, a sus ojos, ella ya no significaba nada.

¡Si la había ayudado hasta ahora, era únicamente para saldar aquella deuda de gratitud del pasado!

Un mal presentimiento se apoderó de ella: sabía que, después del concurso, Enrique sería aún más frío y distante con ella.

No podía emitir sonido, ni siquiera podía llorar. Se sentía vacía, hueca. En ese momento descubrió que cuando alguien se rompe por dentro de verdad, no grita ni hace berrinches; solo se queda inmóvil, aturdida.

Pasó un largo rato antes de que lograra articular en un susurro:

—Enrique...

Dentro de la sala, Enrique se había encendido un cigarrillo, tratando de buscar una solución que complaciera a Renata y evitara decepcionarla, cuando escuchó que alguien lo llamaba.

Frunció el ceño con irritación, bajó el cigarrillo y giró la cabeza. Al ver a Ximena, dudó por una fracción de segundo, pero enseguida recuperó su expresión gélida.

—¿Qué quieres? —preguntó, con un tono cortante y distante.

Ximena, con la intuición femenina a flor de piel, notó de inmediato la frialdad en su voz.

Forzó una sonrisa lastimera. —Quería hablar contigo de algo. ¿Tienes un minuto?

Enrique guardó silencio por un momento, les lanzó una orden fulminante a los organizadores exigiéndoles que publicaran un comunicado de disculpas, y salió al pasillo.

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