Le dio a Renata la máxima reparación moral posible.
Una disculpa pública de los organizadores era algo casi impensable; iban a sudar sangre para lavar su imagen después de eso.
Los ejecutivos empezaron a sudar frío, sumidos en la desesperación, arrepintiéndose amargamente de haber saboteado la puntuación de Renata.
Ximena también escuchó sus palabras y sintió que la bilis le subía a la garganta.
Parpadeó para contener las lágrimas, mirando al atractivo hombre que caminaba hacia ella, y quiso gritarle en la cara:
*Si exiges que los organizadores le pidan perdón públicamente a Renata, ¿has pensado en cómo quedaré yo? La opinión pública ya me está destrozando, y cuando salga ese comunicado de disculpas, ¡quedaré clavada en la cruz del escarnio para siempre!*
Sin embargo, se mordió la lengua.
¡Porque si abría la boca, perdería lo poco de dignidad que le quedaba!
Enrique se detuvo a un metro de distancia de ella, cerró la puerta a sus espaldas y preguntó con tono apático: —¿Qué querías decirme?
Ximena miró el espacio que los separaba y sintió otro nudo en la garganta. Antes, él jamás habría mantenido esa distancia. Ahora, por culpa de Renata, incluso marcaba una frontera física con ella.
Al ver que no decía nada, Enrique revisó la hora en su reloj, frunció el ceño y dijo: —Si no es nada importante, me retiro. Tengo cosas que hacer.
*¿Cosas que hacer? ¿O vas a ir a buscar a Renata?*
El corazón de Ximena recibió otra puñalada.
Conteniendo las lágrimas a duras penas, se abalanzó hacia él antes de que pudiera irse. Le abrazó la cintura con desesperación y apoyó la mejilla contra su espalda, sollozando:
—Enrique, ¿ya no me quieres? ¿Me vas a dejar sola? ¡Tú me prometiste que me amarías para toda la vida!
Enrique se tensó por un instante, frunció el ceño, y con sus manos firmes le apartó los brazos sin delicadeza. —¡Estás muy alterada! Hablaremos de esto en otro momento.
—¡No estoy alterada! ¡El que está mal eres tú! ¡Rompiste tu promesa!
Enrique guardó silencio por un segundo, esforzándose por mantener la calma.
—Ximena, yo jamás dije esa frase que acabas de mencionar. Lo único que prometí fue que me haría cargo de ti y que te cuidaría en el futuro. Nunca dije que te amaría para toda la vida.
Ximena se quedó petrificada. Se aferró a él con terquedad. —¡Es lo mismo!
—¡No es lo mismo!
Enrique se dio la vuelta para enfrentarla.
Ximena lo miraba con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre, al borde del llanto.
Al verla así, Enrique recordó a la niña de hace años.
En el fondo, sintió una punzada de culpa.
Suspiró, sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo tendió. —Estos años yo también he cometido errores. No tuve claros mis sentimientos hacia ti y dejé que la confusión creciera... Lo siento.
—Pero esto tiene que terminar.
Fue una frase tan casual, pero golpeó a Ximena como un mazo en la cabeza. Tardó en asimilarlo.
Y de pronto, estalló.
Golpeó el pañuelo que él le ofrecía con rabia. Con los ojos enrojecidos y desbordando resentimiento, le gritó a la cara: —¡Enrique Yáñez! ¡¿Te das cuenta de las estupideces que estás diciendo?!
—¡¿Cómo que no me amas?! ¡Yo te salvé la vida!
—¡¿Cómo puedes no amarme?!


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