La ventanilla bajó, revelando el apuesto rostro de Mateo Linares.
—¿Renata? Hace muchísimo frío, ¿qué haces sola por aquí?
Renata se detuvo al escuchar su voz. Cuando lo miró, sus ojos aún estaban un poco rojos.
—Mateo...
Mateo notó que algo andaba mal con su estado de ánimo y frunció el ceño.
—¿Estabas llorando?
—No, no... es solo por el frío.
Renata se mordió el labio y bajó la mirada para secarse las comisuras de los ojos. No quería hablar de eso, así que se acercó al auto.
—Iba al hospital, pero no conseguí taxi... Por cierto, Mateo, ¿qué haces tú por aquí?
Mateo la observó en silencio durante unos segundos, decidiendo no desenmascarar su mentira.
—Voy a una reunión de trabajo. Sube, te llevo al hospital de paso.
Diciendo esto, se inclinó para abrirle la puerta del copiloto.
Renata sonrió levemente. —¡Entonces no me haré de rogar!
—...
A lo lejos.
Enrique no se había ido en absoluto. Seguía estacionado metros atrás.
A través del parabrisas, la vio subir al auto de otro hombre.
La vio sonreírle a otro hombre.
Sin darse cuenta, apretó con fuerza el volante.
En ese momento.
Su teléfono volvió a sonar.
Pablo: —Sr. Yáñez, la Srta. Zapata...
Enrique frunció el ceño. —Llego en un minuto.
Echó un último vistazo a Renata, retiró la mirada y arrancó el auto en la dirección opuesta.
Sin embargo, no pudo evitar sentir una leve incomodidad en el pecho.
Sentía algo de culpa...
Pero pensó que la hermana de Renata no sería dada de alta tan pronto, así que podría compensarla más tarde.
Aun así, ¿por qué le había recordado con tanta insistencia que revisara lo que había dejado en su escritorio?
¿Era un documento tan urgente?
Mateo dejó a Renata en el hospital. Antes de irse, le preguntó:
La expresión de Renata seguía siendo gélida. Estaba convencida de que Santiago le había robado el anillo a su hermana para venderlo y sacar dinero.
Santiago, que era bastante astuto, sabía perfectamente que el hombre de Renata era Enrique Yáñez, alguien a quien no podía ofender. Arqueó sus ojos rasgados y soltó una risita nerviosa para seguirle la corriente a su esposa.
—Así es, Renata...
—¡Cállate!
Renata le lanzó una mirada llena de desprecio.
¡En ese momento tenía unas ganas inmensas de darle un par de bofetadas y cobrarle todas las cuentas pendientes!
Santiago era el clásico machista empedernido. No toleraba que una mujer lo desafiara; si hubiera sido Isabel, ya la habría golpeado.
Pero en ese momento, solo le quedaba tragar su frustración...
Agitó las manos de manera torpe, apretó el anillo que tenía en la palma y se dirigió a la salida.
—Sigan hablando, iré a comprarles unas botellas de agua.
Renata se excusó con su hermana diciendo: —Voy a buscar algo afuera. Y lo siguió de inmediato.
En el pasillo, divisó la silueta holgazana de Santiago.
—¡Santiago Valdés! —llamó con voz firme.
Santiago se dio la vuelta. —¿Qué pas...
Antes de que pudiera terminar la frase, ¡Renata le asestó una bofetada en pleno rostro!

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