—¿De verdad?
Isabel apretó las sábanas con más fuerza, manteniendo su sonrisa forzada.
—Sí, ¿por qué? A simple vista se nota que usted no es alguien a quien le falte el dinero, ¿para qué querría algo como esto?
César no respondió. Se limitó a observarla con un rostro inescrutable. Nadie podía descifrar qué estaba pasando por su mente.
Finalmente, apretó el anillo en su mano y dijo: —Bien. Siento haberla molestado.
Isabel soltó un suspiro de alivio en secreto.
Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió.
Renata entró.
Al ver a César allí dentro, se quedó sorprendida.
—Sr. Zaldívar...
César giró la cabeza. Cuando su mirada se posó en el rostro de Renata, sus ojos se oscurecieron aún más. —Mhm.
Isabel miró a ambos, queriendo intervenir con desesperación.
Pero César se adelantó a hablar.
—Tengo algo que preguntarte. ¿Podemos hablar a solas por un momento?
Renata tragó saliva. Con la petición sobre la mesa, le resultaba imposible negarse. —Está bien...
César asintió y salió primero de la habitación, su alta y fornida figura dominando el espacio.
Renata lo siguió por detrás, luciendo aún más pequeña y delicada en comparación.
Isabel, viendo cómo se marchaban, no pudo contenerse y gritó: —¡Renata!
Renata se detuvo y la miró.
—¿Qué pasa, hermana?
A Isabel se le hizo un nudo en la garganta y, de repente, no supo qué decir. Apretó los puños, forzó una sonrisa y murmuró: —Nada. Solo quería preguntarte qué se te antoja almorzar para que Santiago lo vaya a comprar.
Renata asintió, sonriendo. —No te preocupes. En un rato bajo a comprar algo. Tú descansa.
Luego salió, sin ver cómo el rostro de Isabel se quedaba lívido en cuanto la puerta se cerró.
Sus hombros cayeron sin fuerza y empezó a murmurar obsesivamente:
—¿Qué voy a hacer...?
Renata contuvo la respiración por un segundo, entrelazó los dedos y se armó de valor para mirarlo a los ojos, como si quisiera decirle:
¡Claro que me atrevo a mirarte!
Incluso ese pequeño gesto de rebeldía se parecía tanto a ella.
La mirada de César se volvió profunda.
Tras unos segundos, finalmente se movió. Se inclinó un poco hacia ella, encontrando sus ojos, y le mostró el anillo que sostenía. —¿Reconoces esto?
Renata parpadeó y respondió con sinceridad.
—¿No es ese el anillo de mi hermana? Santiago intentó llevárselo a escondidas para venderlo hace un rato. ¿Cómo es que lo tiene usted?
Su expresión seria dejaba en claro que no estaba mintiendo.
Realmente no reconocía ese anillo.
César apretó los labios.
Renata hizo una pausa. Pensando que había dicho algo que lo había ofendido, cerró la boca de inmediato.
Si él tenía el anillo, que se lo quedara. Después de todo, un anillo de plata tampoco valía gran cosa.

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