—¡Papá!
Nanette alzó la voz a propósito para cortar la pelea.
El rostro de Guillermo se relajó. —¿Nanette? ¿Qué haces aquí tan de repente?
Por lo visto, Eloísa había llamado por su propia cuenta sin decirle nada a él.
—Nada más me dieron ganas de venir a verlos.
—Ven para acá, déjame verte. ¿Has bajado de peso?
Ella se acercó y dio una vuelta sobre sí misma. —No, de hecho creo que subí un poco.
—Mentira, yo te veo más flaca —dijo él.
Nanette desvió el tema: —Papá, ¿de qué estaban platicando tú y mi mamá?
Él le lanzó una mirada de reproche a Eloísa.
—De nada importante.
Eloísa, sin pelos en la lengua, soltó: —¡Como a tu papá le da pena decírtelo, yo seré la mala del cuento!
—¡Eloísa!
—Tú sabes que la empresa está ahogada en deudas. Ya vendimos varios hoteles y oficinas, pero todavía nos falta dinero para cubrirlo todo.
»Por eso, necesito que hables con tu esposo y le pidas que nos preste algo de dinero para salir del hoyo.
Nanette sintió feo al ver a su padre, que ya tenía la cabeza casi blanca por las canas.
—Nunca debiste convencerlo de meterse en ese maldito contrato de inversiones a ciegas.
Apostarlo todo los había arruinado.
Y para el colmo, lo habían hecho dos veces.
Al principio, la familia Larco había levantado su imperio poco a poco gracias a la herencia que Eloísa aportó al matrimonio.
Pero ahora, también por culpa de la insistencia de ella, se habían ido a la quiebra.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó