Altavista Premier estaba en una de las zonas más exclusivas de San Lirio. Se encontraba justo frente al río; un oasis de tranquilidad en medio de la ciudad, con paisajes bonitos, excelente distribución y mucha ventilación.
Los departamentos se habían vendido todos antes de que terminaran la construcción, de lo populares que eran.
Galileo también había comprado uno.
Medía ciento cincuenta y seis metros cuadrados, tenía acabados de lujo y estaba listo para habitarse.
Como no le faltaba el dinero, no lo había rentado y lo tenía vacío desde entonces.
Al ver que dudaba, Nanette agregó sin prisas: —De todos modos no vives ahí y no lo vas a vender. Mejor dámelo como regalo de cumpleaños.
—¿Para qué quieres el departamento? —preguntó él.
—No sé. A lo mejor nomás para sentirme más segura.
»A fin de cuentas, cuando nos casamos, mi mamá se quedó con todo el dinero que tu familia nos dio, yo no vi ni un peso.
»Llevo tres años sin trabajar, y cada mes me das muy poquito para mis gastos.
»Por eso no termino de sentirme tranquila.
A Galileo se le ablandó el corazón. —Me tienes a mí, no sé de qué te preocupas.
Nanette se rio por dentro, pero fingió un suspiro en voz alta. —Ahora que tienes a tu hijo, me da miedo que me eches a la calle.
Él se quedó helado por un momento, luego estiró el brazo y le tomó la mano.
—Eso nunca va a pasar.
Ella le echó una mirada rápida a aquella mano de dedos largos y firmes.
—Si no quisiste darme el dije, lo entiendo. ¿Pero a poco también te vas a poner tus moños por un simple departamento?
Galileo dudó un instante. —Está bien, es tuyo.
—Entonces tenemos que firmar un contrato de donación.
—¿No confías en mí?
—No es eso. Es que si no hay un papel firmado, sigue siendo un bien mancomunado, y eso no cuenta como un regalo de verdad.

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