No fue hasta que logró calmarse un poco que comprendió que ya no le quedaba nadie a quien confiarle sus penas.
***
Cuando Nanette leyó los titulares incendiarios, no experimentó la más mínima reacción.
Si Galileo vivía o moría, era asunto suyo. Estaba pagando las consecuencias de sus propios actos, y a ella no podía importarle menos.
Todo su universo se reducía al deseo desesperado de que su querido amigo Gael abriera los ojos.
De las cuarenta y ocho horas cruciales que el médico había dictaminado, apenas quedaban cinco o seis.
Si no despertaba ahora, sus esperanzas se esfumarían por completo.
De pie frente a la puerta de Terapia Intensiva, Nanette cerró los ojos y rogó en silencio.
El sonido inconfundible de unos pasos acercándose la sacó de sus plegarias, y pronto se sintió envuelta por unos brazos cálidos y protectores.
—No has probado bocado desde ayer, así no puedes seguir. Hazme caso y come algo, por favor.
Nanette dejó caer el peso de su cuerpo contra el pecho del hombre, sintiendo que el alma se le partía en pedazos.
—De verdad, no puedo pasar bocado.
De repente, sintió que perdía el contacto con el suelo.
Noel la tomó en brazos y la llevó hasta una de las sillas del pasillo, sentándola con delicadeza.
La preocupación obligó a Noel a endurecer su tono.
—Si no comes, entonces yo tampoco comeré. Y ya sabes que, si paso hambre, enseguida me ataca el dolor de estómago.
Nanette bajó la mirada, soltando un pesado suspiro de rendición.
—Está bien, comeré.
La comida, que aún conservaba su calor, había sido traída por la Abuela Melba.
Noel destapó los recipientes, tomó un poco de comida con los cubiertos y se la acercó a los labios.
Nanette abrió la boca y masticó un par de veces, pero sentía la boca invadida por un sabor amargo.
—Noel...
—¿Dime?
—¿Lo que le pasó a Gael fue por mi culpa...?
—¡No! —el corazón de Noel dio un respingo y se apresuró a interrumpirla—. Tú no tienes nada que ver. Fue por mi culpa.
—¿Por ti?
—Sí. Galileo Godoy me tiene un resentimiento profundo y quería darme un golpe bajo para demostrar su poder. Por desgracia, Gael se cruzó en su camino y terminaron enfrentándose. Fue culpa mía que terminara así, tú no tienes responsabilidad en absoluto.
No quería darle detalles sobre sus sospechas del «verdadero culpable» hasta no tener la verdad absoluta en las manos; lo último que quería era que ella se torturara imaginando cosas peores.
Quintín y Sabina Prieto habían llegado justo al enterarse de la noticia.

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