—¡Qué ínfulas te das, joven Noel! No olvides que estás en territorio de la familia Quintero. Venir a hacerte el importante a nuestra casa... ¡Es una falta de respeto total hacia los Quintero!
—¡Vaya!
Venancio apareció caminando con tranquilidad. Había dejado atrás su actitud relajada y llevaba un semblante aterrador.
—El joven Patricio también tiene agallas. Son pocos los que se atreven a hablarle así a Noel. Incluso Don Primitivo tiene que mostrarle cierto respeto.
Patricio sintió como si le hubieran dado una bofetada; su orgullo quedó pisoteado.
Pero no se atrevió a replicar, por miedo a ofenderlos de verdad y arruinar los planes de su padre.
Tragándose toda su rabia, decidió desquitarse con Jovita.
—¡Señorita Zamora, con esa actitud vas a hacer que crea que me enamoré de una mujerzuela cualquiera!
Mujerzuela cualquiera...
Jovita casi se ahoga con su propia respiración.
¡Ese animal!
¡Cómo se atrevía a insultarla así!
Estaba a punto de contestarle cuando escuchó una voz suave y seductora.
—Vaya, qué animado está esto.
Era Fabiola.
La madrastra de Patricio.
Aunque, en realidad, tenían casi la misma edad.
Sonaba a chiste.
Pero en las familias adineradas, esas cosas eran el pan de cada día.
Fabiola iba vestida de negro en señal de luto.
Pero llevaba un vestido negro ajustado que remarcaba su diminuta cintura y sus curvas; se veía sumamente provocativa y sensual.
Patricio despreciaba a Fabiola.
Y Fabiola no soportaba a Patricio.
No se tragaban, pero tenían que fingir llevarse bien.
Después de todo, con Don Primitivo ahí, no tenían el valor de pelearse abiertamente.
La mirada de Fabiola se detuvo en el rostro de Noel.
—Joven Noel, nuestro Patricio es inmaduro y a veces habla sin pensar. Por favor, no se lo tome a mal.
Noel de verdad no quería pasar ni un minuto más allí.
—Con permiso.
Fabiola asintió levemente.

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