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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 13

A la mañana siguiente.

Nanette se maquilló de manera sencilla y se puso un elegante conjunto de falda y saco color blanco marfil estilo clásico.

El corte limpio de la ropa resaltaba a la perfección su figura esbelta. Llevaba el cabello oscuro ligeramente ondulado y suelto, logrando un estilo muy sofisticado y formal, y al mismo tiempo, irradiando una presencia imposible de ignorar.

Después de todo, esa tarde iba a cerrar un trato importante, así que tenía que dar una buena impresión.

Cuando Nanette bajó las escaleras, Melba la vio y sus ojos se iluminaron de inmediato.

—Señora Nanette, ¿tiene alguna cita importante hoy?

Nanette sonrió con tranquilidad.

—Así es, hoy saldré.

Melba no quiso ser entrometida y solo comentó:

—Me parece muy bien; le hace falta salir a despejarse. Si se queda encerrada todo el día, se va a poner mal.

Nanette captó a la perfección la indirecta de aquel comentario.

—Por cierto, señora —dijo Melba, bajando la voz a pesar de que no había nadie más cerca—. Doña Anatolia, Ivón y la señora Yolanda se van a mudar a esta casa. Dicen que para que sea más fácil cuidar al niño.

Anteriormente, Anatolia e Ivón no vivían con Nanette y su esposo.

Y Yolanda se suponía que estaba viviendo con Martino en otra residencia.

Pero ahora, gracias a Yolanda, las tres ramas de la familia se iban a juntar bajo el mismo techo.

Esa casa estaba a punto de volverse un circo.

¿Que era para cuidar mejor al niño?

¡Qué pretexto tan más barato!

—Melba.

La señora se acercó con el desayuno.

—¿Dígame, señora Nanette?

—Sé que te preocupas por mí —dijo Nanette—, pero de ahora en adelante, no te metas a defenderme con la familia. Necesitas conservar tu trabajo aquí. Yo sabré cómo arreglar mis propios problemas.

Tal vez Galileo le pasara por alto algún comentario, considerando que Melba llevaba décadas de servicio leal en la familia Godoy.

Pero Anatolia e Ivón no eran precisamente unas santas.

Si se ganaba su coraje, sin duda echarían a Melba a la calle.

A la edad que tenía, si la despedían de esa forma, le iba a costar muchísimo encontrar otro empleo.

—Entiendo, señora Nanette —respondió Melba.

Apenas le dio el primer bocado al desayuno cuando Nanette sintió que se le revolvía el estómago y tuvo un par de arcadas.

Como mujer de experiencia que era, Melba abrió los ojos de par en par.

—Señora Nanette, ¿acaso usted está...?

Nanette negó con la cabeza de inmediato.

Capítulo 13 1

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