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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 14

Mientras tanto, Isaac regresaba con los cafés en la mano cuando notó que Noel no quitaba la mirada de un punto en específico, así que siguió su vista.

—Señor, ¿qué tanto ve?

Tenía la cara de alguien que no pide permiso: rasgos firmes, mirada dura y la boca apretada como si siempre trajera el control. No era “elegante”; era de esos hombres que imponen con solo estar ahí.

Al ver que el hombre no le respondía, Isaac siguió observando con curiosidad.

Desde su ángulo, lo único que se alcanzaba a ver era la silueta de una mujer dentro de la joyería de enfrente.

Aunque solo se le veía el perfil, era evidente que aquella mujer imponía un respeto indiscutible.

***

Nanette llevaba un buen rato esperando hasta que el joyero, todavía asombrado, rompió el silencio:

—Señorita, ¿está completamente segura de que quiere vender esto? ¡Es una reliquia invaluable! ¿De verdad está dispuesta a deshacerse de él?

Nanette fue directa al grano:

—Solo dígame, ¿lo compra o no lo compra?

El dueño le sonrió con cierta pena.

—De querer comprarlo, ¡claro que quiero! Pero el precio de esta belleza no es cualquier cosa, y dudo que un negocio como el mío pueda solventarlo así de fácil. Mire, ¿por qué no me da un precio base para ver si nos arreglamos?

—Mil millones —soltó ella sin titubear.

El dueño se quedó helado.

—Eso... es demasiado.

Sin inmutarse, Nanette respondió con la mayor tranquilidad del mundo:

—Por el valor actual del collar en el mercado, le aseguro que vale mucho más que eso. Si usted se lo queda y se lo revende a algún coleccionista rico, le garantizo que será pura ganancia. No hay forma de que pierda.

Al notar que el dueño seguía dudando, Nanette prosiguió:

—Para serle franca, se lo ofrezco a ese precio porque me urge el dinero. Si no estuviera en una situación tan apretada, jamás lo vendería. Técnicamente, se lo estoy dejando regalado.

El joyero no le quitaba los ojos de encima a la gargantilla; se le notaba la ambición a leguas.

Había estado en ese negocio toda su vida y era la primera vez que tenía en sus manos una gema tan rara y con tanto valor de reventa.

Si la dejaba ir, se iba a arrepentir toda la vida.

Pero si aceptaba, ¿de dónde diablos iba a sacar tanto efectivo de un día para otro?

En ese instante, uno de los empleados se acercó corriendo y le susurró algo al oído.

—Entonces, dando y dando. Dinero en mano y le entrego la joya.

—Por supuesto. El único inconveniente es que, al ser una cantidad tan exorbitante, la transferencia no pasará hoy mismo. Hagamos algo: deme un plazo de dos días. Una vez que vea el depósito reflejado en su cuenta, me trae la pieza.

Nanette no daba crédito a lo que oía.

¡Era como sacarse la lotería sin haber comprado el boleto!

Mil quinientos millones... ¡era exactamente lo que le faltaba para tapar su deuda!

¿De verdad existía tanta suerte en el mundo?

—Le seré sincero, señorita —confesó el joyero—. Yo no soy quien lo está comprando, sino el dueño principal de esta cadena. Él fue quien me mandó a llamar ahorita. Dice que le interesa mucho adquirir esta reliquia para su colección privada y, como muestra de buena fe, decidió ofrecerle esa cantidad directamente.

Nanette esbozó una ligera sonrisa.

—Me gustaría conocer a su jefe y darle las gracias en persona.

—Mi jefe dice que él es quien debería agradecerle a usted por dejar en sus manos una obra de arte tan exquisita —explicó el hombre—. Pero, por desgracia, no suele atender a nadie cara a cara.

Nanette volvió en sí y asintió.

—De acuerdo. Hagámoslo como propuso.

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