Anatolia, en cambio, le devolvió la pregunta.
—¿Cuánto piensas pedir?
Nanette caminó con lentitud hacia el sillón individual, sacudió un polvo imaginario del asiento y se sentó con toda la calma del mundo.
Anatolia, al verla tan relajada y sin una gota de prisa, sintió que le hervía la sangre.
—¡Si tienes algo que decir, dilo de una vez! ¡No me hagas perder el tiempo!
Nanette soltó una sonrisa sutil.
—Venir a verla también es una gran pérdida de mi valioso tiempo.
—¡Nanette!
Anatolia casi estalla en rabia. Sin embargo, tras pensarlo un segundo, logró calmarse.
Esa mujer era muy astuta, ¡no podía caer en su juego!
Anatolia respiró hondo y recuperó la compostura.
—Dime una cifra concreta. Si me parece justa, te la transferiré a tu cuenta sin falta. Pero, antes de eso, vas a tener que firmar un acuerdo conmigo.
—¿Un acuerdo de confidencialidad? —preguntó Nanette—. ¿Para que no ande contando los trapos sucios de la familia Godoy?
—Qué bueno que lo entiendes.
—Va, sin problema.
—Entonces dime la cifra.
Nanette fingió pensarlo por un momento.
—La verdad es que soy una mujer algo avariciosa, y el dinero me mueve. Así que me cuesta trabajo decirlo, me da miedo pedir de más y que usted me reclame por querer encajarle la uña.
Anatolia se tragó el coraje.
—No lo haré. Si te mandé llamar, es porque quiero dejar este asunto resuelto.
Nanette sonrió con mucha intención.
—Entonces no me andaré con rodeos.
Anatolia soltó un gruñido por la nariz a modo de afirmación.
Nanette levantó la mano y mostró cinco dedos.
Anatolia suspiró, aliviada.
—De acuerdo, cinco millones de pesos. No hay ningún problema.
Nanette dejó solo su dedo índice levantado y lo movió de lado a lado.
Anatolia frunció el ceño.
—¿Cincuenta millones?
Si Anatolia estaba dispuesta a soltar esos cinco mil millones de pesos, lo consideraría un "precio de amigos" por haberle vendido el modelo de IA a Galileo. Así, de paso, se ahorraba el papel de villana.
Al fin y al cabo, si ese sistema salía al mercado, las ganancias que Faro Tecnológico obtendría superarían por mucho esos cinco mil millones.
Por supuesto, Anatolia no tenía ni la menor idea de a qué se refería Nanette. La mirada de desprecio se le notaba a leguas.
—¿Te crees una joya invaluable para valer cinco mil millones? Llevas tres años casada con mi nieto y no le has parido ni un solo hijo. ¿De verdad crees que mereces cinco mil millones?
Nanette, en lugar de enojarse, se echó a reír.
—¿No se supone que esa tal Yolanda ya le está dando un hijo a la familia Godoy? ¿Para qué me necesitan a mí?
Anatolia entrecerró los ojos y tardó un rato en asimilarlo.
—Nanette, te estoy hablando muy en serio.
Nanette se reclinó un poco más, jugando con sus dedos con total desinterés.
—Yo también hablo en serio. En cuanto los cinco mil millones caigan en mi cuenta, me largo.
Anatolia sintió que ya no podía seguir con aquello.
—Por lo visto, no tenemos nada de qué hablar.
Nanette se encogió de hombros, como si nada importara.
—Si no hay seriedad de su parte, entonces no me haga perder el tiempo. Yolanda sí que sabe que el que no arriesga no gana. Parece que usted es menos lista que ella.

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