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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 234

—Mejor descansa hoy. Mañana lo hacemos con calma. Por cómo se ve todo, estoy casi seguro de que Candela está a salvo.

Nanette negó con la cabeza.

—Si no voy hoy, no voy a poder pegar el ojo en toda la noche. Prefiero ir de una vez; por más cansada que esté, necesito ver con mis propios ojos que mi madre está bien para estar tranquila.

—Pero con tu...

Nanette adivinó por dónde iba, así que se tocó el vientre.

—Como que estos dos días el bebé me ha dado tregua; no me he sentido tan mal. Además, me he estado tomando las vitaminas que me recetó el doctor, todo va a estar bien.

—Pero...

—Noel. —Nanette se recargó en el asiento y ladeó la cabeza, haciendo un puchero—. Llévame, ¿sí? Ándale.

Noel no pudo resistirse a esos ojos suplicantes.

—Está bien, te acompaño, pero primero vamos a comer algo.

Y, para asegurarse de que aceptara, añadió:

—Hazlo por el bebé, aunque sea.

Nanette asintió obedientemente. —Va, comemos y nos arrancamos.

Verlo ceder tan fácil hizo que Nanette sintiera algo de culpa.

Ella había dormido de maravilla la noche anterior.

Pero sabía que Noel no había descansado bien, y encima se había echado todo el viaje manejando de regreso a San Lirio.

Se sentía mal por él.

—Pensándolo bien, deberías irte a descansar, yo puedo ir sola. No quiero traerte de arriba para abajo todo el día.

Noel sonrió con suavidad.

—A mí también me gustaría conocer a tu mamá, podrías darme esa oportunidad.

Nanette se rio. —Sale pues, entonces de perdis te invito a comer en un lugar chido.

Noel aceptó con gusto. —Me parece perfecto.

El lugar que ella consideraba "chido" resultó ser un restaurante italiano bastante pintoresco.

Todo el lugar estaba decorado con un estilo rústico europeo.

—¡Ay! Olvidé pedir el boleto del estacionamiento, espérame tantito.

Noel iba a decirle algo, pero vio cómo Nanette se daba la vuelta a toda velocidad.

Estaba a punto de chocar con un mesero que traía una charola de bebidas, así que Noel la jaló del brazo por puro reflejo.

Como no midió su fuerza, la frente de Nanette terminó estampándose de lleno contra la nariz de él.

Noel soltó un quejido de dolor.

Nanette, asustada, se estiró de inmediato para tocarle el tabique.

—¡Ay, perdón! ¿Estás bien? ¿No te la rompí? Qué mensa soy.

Noel se echó a reír.

—Tranquila, no pasa nada. Al cabo que es natural.

Nanette también se rio. —Qué bueno, porque si fuera operada, ya me habría endeudado contigo de por vida.

Se miraron con una sonrisa cómplice; a simple vista, cualquiera diría que eran una pareja de lo más enamorada.

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