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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 25

Galileo la animó con tono protector: —Dime qué pasa, Yolanda, aquí estamos en confianza.

Yolanda puso cara de pena.

—No sé si fue porque acabo de ver la foto de Martino, pero siento una opresión muy fea en el pecho... Gali, ¿crees que me esté regresando la depresión?

Nanette se tragó la risa: aquello parecía un circo… y ella tenía palco.

Le costaba un mundo no soltar la carcajada.

Antes, esa casa era tan aburrida como un panteón, pero con la llegada de Yolanda, la cosa se había puesto bastante interesante.

Y lo mejor de todo: el show era gratis.

Galileo, por supuesto, sintió mucha lástima por ella.

—Ven, te llevo a tu recámara y me quedo contigo hasta que te quedes dormida.

Dijo todo eso sin importarle en lo más mínimo que su propia esposa estuviera a un metro de distancia.

Por suerte, la esposa oficial no se lo tomó a mal y, con una actitud muy comprensiva, le dijo: —Ve rápido con ella, Galileo. Yo también he escuchado que si no te cuidas bien en la cuarentena te pueden quedar muchas secuelas.

Luego agregó el remate final: —Acompáñala. Si Martino supiera lo mucho que Yolanda está sufriendo, de seguro no podría descansar en paz.

Hasta Yolanda captó el veneno detrás de esas palabras.

Un destello de odio cruzó por sus ojos, pero lo disimuló al instante.

Galileo, por el contrario, solo entendió el mensaje literal y se sintió dividido. —Pero tú...

Le acababa de prometer a Nanette que se quedaría con ella, y echarse para atrás lo hacía sentir culpable.

Y ver a Nanette comportándose a la altura de la situación lo hacía dudar aún más.

En el pasado, esta mujer le habría hecho caras o le habría soltado un comentario sarcástico.

¿De verdad se había vuelto tan sumisa de la noche a la mañana?

¿Realmente había entendido su lugar?

Pero, ¿por qué no le daba gusto verla tan obediente y comprensiva?

En ese momento, Galileo en el fondo deseaba que Nanette le hiciera un escándalo.

Nanette, que leía a Galileo como a un libro abierto, pensó:

«¡Le gusta la mala vida, qué cabrón!».

Pero mantuvo su sonrisa angelical: —Yo estoy bien. La salud de Yolanda es primero, llévala a su cuarto.

Galileo abrazó a Yolanda por los hombros y se la llevó.

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