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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 266

Noel le pasó una servilleta.

—¿Por qué piensas eso?

Nanette se acomodó, tratando de calmarse.

—Lo que pasó la última vez, yo...

La mirada de Noel era tierna, tan tranquilo como si aquello jamás hubiera ocurrido.

—Lo de la última vez fue por fuerza mayor, no era tu intención. En realidad, el que debería pedir perdón soy yo.

—¿Por qué tendrías que ser tú? —preguntó Nanette.

Noel hizo una pausa y no continuó.

¿Debería decirle que, en ese momento, estuvo a nada de perder el control?

Quizá era mejor que no.

De verdad no quería arruinar la relación entre ellos.

—Nanette, ¿puedes prometerme algo? —pidió él.

—Sí, dime.

—Olvida por completo lo que pasó. Sigamos siendo buenos amigos, como hasta ahora, ¿te parece?

Eso era justo lo que Nanette esperaba escuchar.

—Mientras a ti no te incomode, por mí no hay problema.

Noel esbozó una leve sonrisa.

—¿Por qué me incomodaría?

Solo entonces Nanette se atrevió a mirarle la herida en el labio.

Por suerte, ya se le había hecho costra.

No parecía nada grave.

En ese momento, Melba le sirvió la sopa a Noel.

—Señor Cortés, puede venir cuando quiera. Sienta que esta es su casa, no tenga pena. De todos modos vive solo, y cocinar da mucha flojera; véngase para acá y yo le preparo de comer.

Noel sonrió abiertamente.

—Si no mal recuerdo, creo que están por mudarse.

Melba se dio un golpe en la frente.

—¡Ay, Dios mío, se me había ido el avión! Híjole, con la mudanza ya no le va a quedar tan en corto venir.

—Para nada —respondió Noel—. En realidad no está tan lejos, en coche se llega rápido.

—Ah, bueno, pues entonces véngase seguido y le preparo sus platillos favoritos.

Noel miró a Nanette.

—¿No es molestia?

En ese momento, la puerta de la recámara se abrió de golpe.

La persona que llevaba días encerrada sin salir para nada, de pronto apareció por su propio pie.

Melba se quedó pasmada y corrió a sostenerla.

—Señora, ¿qué hace levantada? ¿Se quedó con hambre? Si quiere le sirvo otro plato.

Candela no dijo ni pío. Se acercó directamente a Noel, se sentó a su lado, volteó a verlo y estiró la mano para tocarle el rostro.

Nanette se levantó de inmediato para apartarle la mano.

—Mamá, no hagas eso, es de mala educación.

Pero Noel se mantuvo inmutable.

—No pasa nada.

Candela le acarició la mejilla un par de veces y, de repente, pronunció un nombre:

—Remigio Vidal.

Nanette sintió un escalofrío. En el fondo, presentía que ese nombre tenía algo que ver con ella.

—Mamá... ¿A quién estás llamando?

Candela abrazó a Noel de improvisto.

—Remigio, ¿por qué tardaste tanto en regresar? Yo... Nuestra hija ya nació. Es preciosa, pero...

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