Eloísa desvió la mirada.
—Pues sí...
Nanette apretó los puños y cerró los ojos.
Por un segundo, tuvo ganas de agarrarla a cachetadas.
Por muy mala cabeza que fuera Eloísa, al final de cuentas era quien la había criado.
Y además, Guillermo siempre la había tratado como a su propia hija y la adoraba.
Por eso ella nunca consideró la opción de dejarlos morir solos.
Si los obligó a firmar un pagaré y no les dijo de dónde sacó el dinero, fue precisamente para que Eloísa no le viera la cara de cajero automático.
Si no le ponía un alto, a la primera bronca de los Larco le iban a exprimir hasta el último centavo.
No iba a permitir que la agarraran de su puerquito.
Ni que la chantajearan emocionalmente.
—¡Ya estuvo! O pagan hoy, o de aquí no nos movemos.
Ladró el líder de los cobradores, ya fastidiado.
Nanette volvió en sí y se dirigió a él con el tono más tranquilo posible:
—¿Nos pueden dar unos dos días más de prórroga? Les aseguro que les vamos a liquidar ese dinero.
El tipo la recorrió con la mirada de arriba abajo.
—¿Tú vas a pagar? Si tu papá no pudo, menos tú. ¿O qué, vas a “pagar” de otra manera?
Todos los matones soltaron la carcajada.
—Uy, jefe, ni vendiendo su cuerpo le alcanza para juntar todo ese dinero, ¡jajaja!
—¡Son unos cerdos! —les gritó Guillermo, rojo del coraje—. ¡No voy a permitir que le hablen así a mi hija! ¡Son unos malditos delincuentes!
El líder ni le quitó los ojos de encima a Nanette, mirándola con morbo, pero le contestó al señor:
—Sí, somos delincuentes, ¿y qué? A nosotros nos pagan por cobrar. Y usted, que pide prestado y luego se hace el desentendido, es más miserable que cualquiera de mis hombres.
A Guillermo casi le da un infarto del puro coraje.
—Ustedes... bola de...
—¡Mamá! —Nanette lo interrumpió—. Llévate a mi papá a su cuarto. Yo me encargo de este asuntito.
Por primera vez en la vida, Eloísa se vio preocupada por ella.
—Ten mucho cuidado, mija.
—Sí.
El madrazo sonó en seco y lo dejó atolondrado.
Sus guaruras se voltearon a ver entre ellos, sin poder creer que la muchacha se hubiera atrevido a soltarle un golpe.
¡Había que tener muchos ovarios para hacer eso!
El jefe se paró de golpe, se sobó el cachete y se le dibujó una sonrisa tétrica en la cara.
Pero de inmediato se le borró, y levantó su enorme mano, a punto de devolvérsela.
Al ver a una mujer tan guapa en aprietos, a más de un matón le dio lástima, temiendo que el trancazo de su jefe la fuera a desarmar ahí mismo.
Sin embargo, Nanette ni siquiera parpadeó. Con una calma pasmosa, de sus labios perfectos solo salió un nombre:
—Sandro.
La mano del matón se frenó en seco a centímetros de su cara. La miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo sabes el nombre de nuestro patrón?
Nanette esbozó una media sonrisa fría.
—No tienes nivel para pedirme explicaciones.
Para que alguien tuviera los huevos de meterse así a la casa de la familia Larco a cobrar a la mala, significaba que tenían las espaldas muy bien cubiertas. Y en todo San Lirio, solo existía una mafia de cobradores con ese nivel de poder.

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