Nanette ya había cruzado caminos con Sandro, el jefe de esa agencia de cobranza.
Para ser exactos, Sandro le debía un favor.
Hace dos años, Sandro perdió todos los datos importantes de su computadora.
Era cuestión de vida o muerte, y estaba tan desesperado que no sabía qué hacer.
Como era información turbia, buscó a un experto en informática por internet.
Casualmente, Nanette estaba aburrida, vio la publicación y aceptó el trabajo.
Para ella fue pan comido.
Pero para Sandro fue su salvación.
Por eso, él le dejó un mensaje: si algún día necesitaba algo, que lo buscara.
Sin embargo, como Nanette usó un seudónimo en ese entonces...
Sandro no tenía idea de que era la hija de Guillermo.
El jefe de los cobradores tuvo que mirar a la mujer con otros ojos.
Firme y con muchas agallas.
Además, era bellísima; una mujer como pocas.
Y el hecho de que supiera el nombre del jefe lo obligó a ser precavido.
Nanette fue directo al grano.
—Dame dos días. Te pago todo, completo.
El hombre la miró con escepticismo.
—¿Estás segura? ¿Dos días?
—Sí, dos días.
—¿Y por qué habría de creerte?
—Porque mi casa está aquí y mis padres están aquí. Si rompo mi palabra, les sobrarán maneras de cobrárselas conmigo.
El hombre lo pensó un momento.
—¡Hecho! Dos días. Por esta vez, te tomaré la palabra.
Nanette sacó su cartera de la bolsa y tomó todo el efectivo que traía.

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