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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 5

Cuando Galileo entró al cuarto, Yolanda estaba llorando en silencio.

Se le apretó el pecho; se sentó a la orilla de la cama y le tomó la mano con una suavidad que no se le veía con nadie. —¿Qué pasa? ¿Por qué tienes los ojos rojos?

Yolanda habló con una voz frágil y ahogada. —Gali, perdóname.

—¿Te dijo algo Nanette? —preguntó él de inmediato.

—Gali, ¿qué vamos a hacer? Siento que Nanette me odia.

Galileo le acarició la cabeza con ternura. —Con lo linda que eres, ¿cómo se va a enojar contigo? Seguro está haciendo berrinche sola, ya se le pasará.

—Y si Nanette... —Yolanda se soltó a llorar más fuerte— ¿Y si te pide el divorcio por mi culpa? Nunca me lo perdonaría.

A Galileo ni le quitaba el sueño. —Tranquila, no me va a pedir el divorcio.

Sabía perfectamente que la familia Larco estaba en la ruina y ya no era la misma de hace tres años. Seguir pegados a los Godoy era lo mejor que les podía pasar.

Además, Nanette ni siquiera era considerada una heredera importante en su casa, siempre la habían tratado mal.

Su vida mejoró muchísimo desde que se casó con él.

Así que estaba segurísimo de que no lo iba a dejar.

—Ya, no llores. ¿No escuchaste a mi mamá? Tienes que descansar bien o te vas a enfermar.

—¿Gali, si más adelante quisiera tener otro bebé, me volverías a ayudar?

Yolanda lo miró con ojitos de amor y llena de ilusión.

Estaba fascinada con ese hombre.

Tenía el mismo rostro de Martino, pero era mucho más maduro, centrado y varonil.

Siempre creyó que era un témpano de hielo.

Hasta la noche en que murió Martino. Esa madrugada, Galileo la abrazó y la consoló con palabras dulces hasta que amaneció.

Y desde entonces, se desvivía en atenciones con ella.

Así descubrió que, en el fondo, él era un hombre increíblemente tierno.

Si se hubiera dado cuenta antes, tal vez no habría escogido a Martino.

Ante la pregunta de Yolanda, Galileo se quedó mudo.

No era que no quisiera contestar, es que no sabía qué decir.

Si le volvieran a pedir lo mismo, ¿lo haría de nuevo?

Desde que Yolanda se embarazó, ¿por qué había sentido un enorme alivio al no tener que seguir acostándose con ella?

Hasta sentía remordimiento.

Aunque, según él, no estaba enamorado de Nanette...

Al ver que Galileo andaba en las nubes, Yolanda frunció el ceño por un instante, pero disimuló rápido.

—¡No manches, Nanette! No me digas que por darle en la madre a ese güey te fuiste a meter con...

Nanette no sabía si reír o llorar. —Es de Galileo.

—¿Qué?

A Nanette le daba pena admitirlo. —Galileo tenía muestras de esperma congeladas en el hospital, y las usé a escondidas...

—¡Ah cabrón!

Camila peló unos ojotes.

¡¿A poco la historia estaba así de enredada?!

Cuando Yolanda se embarazó, todo era fiesta en la familia Godoy.

Pero al mismo tiempo, la vida de Nanette se había vuelto un infierno.

Doña Anatolia y su suegra Ivón no perdían oportunidad para tirarle pedradas sobre su esterilidad, asfixiándola a más no poder.

Fue toda esa presión lo que le dio la idea de usar las muestras que Galileo había dejado en la clínica.

Y por eso se sometió al tratamiento de inseminación.

—Como no sabía si iba a pegar, no le dije a nadie —confesó Nanette con una sonrisa amarga—.

—En mi cabeza sonaba bien... pensé que si quedaba embarazada, iba a ser una gran sorpresa para Galileo.

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