A Camila se le encogió el corazón por Nanette y le dio un abrazo apretado.
—Ojalá la clínica se hubiera equivocado con la muestra y el niño no fuera de ese cabrón; así al menos tendría un ahijado.
»¡Híjole! Y ojalá el hijo de la amante esa tampoco sea de él, para que sepa lo que se siente que le pongan los cuernos.
Nanette no pudo evitar reírse y le acarició la mejilla con ternura.
—Sería un milagro, pero me quedo con tu buena vibra.
El ánimo de Nanette mejoró un poco.
Antes de regresar a Cumbres de la Reina, rompió los resultados en pedacitos y los tiró al bote de basura.
Al verla tan pálida, Melba le preguntó con preocupación: —Señora Nanette, no se ve muy bien. ¿Se siente enferma?
De toda la familia Godoy, aquella mujer era la única que de verdad se preocupaba por ella.
Nanette se obligó a sonreír. —No pasa nada, Melba. Solo tengo un poco de hambre. ¿Hay algo de comer?
Con razón en los últimos días sentía que nada la llenaba; resultaba que llevaba una nueva vida creciendo dentro de ella.
¿Cómo sería un hijo suyo?
Al pensar en eso y recordar que aquel pequeño ser pronto desaparecería, sintió un nudo en la garganta.
—Sí, claro —respondió Melba—. Hice sopa de pollo, ahorita le sirvo un plato.
Apenas se sentó a la mesa, a Nanette se le cruzó un pensamiento.
—¿Para quién hiciste la sopa?
Melba dudó un segundo. —Es para la señora Yolanda. El señor Galileo dijo que estaba débil y necesitaba alimentarse bien. Me llamó especialmente para pedirme que la hiciera, dijo que pasaría más tarde a recogerla.
Lo sabía.
—Pero hice bastante a propósito, quería dejarle un poco a usted, señora.
De pronto, a Nanette se le fue el apetito. —Olvídalo, ya no tengo tanta hambre.
Melba, que no tenía un pelo de tonta, se apresuró a decir: —Señora Nanette, mejor le preparo un poco de pasta. Cuando vivía en mi pueblo, todos decían que mi pasta era la mejor.
Nanette sabía que Melba solo quería hacerla sentir bien y no quiso rechazar el gesto.
—Está bien, la probaré.
Mientras veía a Melba moverse con soltura por la cocina, Nanette sintió, sin saber por qué, que aquel era un raro momento de paz.

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