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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 8

Al menos podía agradecer que Eloísa no le hubiera puesto un nombre ridículo que evidenciara su único propósito en la casa.

Al escucharla decir eso, a Eloísa se le revolvió el estómago; su enojo bajó bastante, pero sus palabras siguieron siendo afiladas.

—¿Acaso crees que porque la familia Larco está pasando por un mal momento ya no estamos a tu nivel?

Nanette escuchó un ruido cerca de la puerta, seguido de unos pasos muy familiares.

Eloísa siguió hablando: —Tu papá ha estado sometido a tanto estrés que su salud ya no es la misma de antes. ¿Te vale madres lo que le pase?

¿Como no le funcionó gritar, ahora intentaba dar lástima?

Había que admitir que esa táctica funcionaba.

Guillermo siempre había sido bueno con Nanette.

Galileo ya estaba parado frente a ella, y Nanette no quería discutir por teléfono en su presencia.

—Ya entendí.

Dicho eso, colgó.

Galileo se quitó el saco, jaló una silla y se sentó frente a ella.

—¿Quién era?

—Mi mamá —respondió Nanette con total tranquilidad.

—¿Y qué quería?

—Me reclamó por ser una mala hija y no ir a visitarlos hace mucho.

Galileo esbozó una sonrisa indescifrable. —¿Desde cuándo le importas tanto?

—Seguro le remordió la conciencia —dijo ella.

Galileo no siguió con el tema y miró hacia la cocina.

—¿Qué hace Melba?

Nanette notó que Galileo estaba más platicador de lo normal.

—Pasta.

—¿Pasta?

Ella levantó una ceja. —Sí, fideos hechos a mano.

A pesar del tono cortante y un poco burlón, Galileo no se molestó.

—Ya sé que son hechos a mano, Nanette. ¿Qué, crees que no entiendo?

Ella ni le contestó.

Melba llegó con el plato humeante.

Olía tan bien que se antojaba con solo verlo.

—Sírveme un plato a mí también —pidió Galileo.

Melba fingió sorpresa. —¡Ay, señor Galileo! ¿Qué no tiene que llevarle la sopa de pollo a la señora Yolanda? Ya está lista, deje se la pongo en un recipiente para que se la lleve rápido. Si no, la pobre se va a quedar con hambre.

«¡Bien hecho!», pensó Nanette.

Él se quedó helado. —He estado muy ocupado, se me pasó.

Nanette se quedó en silencio, adrede.

—Te voy a compensar por el regalo —prometió él.

—Más que un regalo, lo que me importa es saber si tienes un lugar para mí en tu corazón.

Los ojos de Galileo parpadearon, y respondió sin rodeos.

—¿Qué quieres de regalo?

—¿Lo que sea?

—Siempre y cuando esté dentro de mis posibilidades.

—Quiero ese collar con el dije de rubí —dijo Nanette sin inmutarse—. Tu hermano le regaló el suyo a Yolanda cuando se casaron. ¿Por qué no me das el tuyo?

La incomodidad en los ojos de Galileo era más que evidente.

Ella lo notó, pero fingió demencia y bajó la voz un poco. —¿No me lo quieres dar?

—Ese dije...

—Está bien. —Nanette le regaló una sonrisa—. Sé que es una reliquia de los Godoy. Mejor no, te pediré otra cosa.

Galileo suspiró aliviado en silencio. —De acuerdo, ¿qué quieres entonces?

—Un departamento en Altavista Premier.

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