Al ver salir a Joaquín, lo primero que hizo fue buscar a Noel con la mirada.
—¿Uhm? Don Joaquín, ¿dónde está Noel?
Joaquín esbozó una sonrisa forzada.
—Surgió un inconveniente de último minuto y le pedí que fuera a resolverlo de inmediato. Ya se fue.
La decepción se dibujó claramente en el rostro de Jovita.
Joaquín lo notó y no pudo evitar soltar un profundo suspiro.
Las cosas se estaban saliendo de control.
—Jovita, ya es muy tarde. Pediré que mi chofer te lleve a casa. Llámame en cuanto llegues para avisarme que estás bien.
Jovita se aferró al brazo de Joaquín, usando su tono más dulce y mimado.
—Usted siempre es tan bueno conmigo, Don Joaquín. No como Noel, que siempre actúa como un bloque de hielo.
Joaquín no supo qué responder; se limitó a cruzar miradas con Ulises.
El mayordomo intervino rápidamente:
—Señorita Zamora, el auto ya la está esperando. Permítame acompañarla a la salida.
—Está bien. Me despido entonces, Don Joaquín. Vendré a visitarlo otro día.
En cuanto Jovita desapareció por la puerta, Joaquín dejó caer la fachada y se desplomó pesadamente en el sofá.
Ulises regresó y se preocupó al verlo así.
—Señor, ¿se siente bien?
Joaquín se frotó las sienes con frustración.
—Ulises, bajo ninguna circunstancia debe filtrarse la noticia de que Nanette Larco está esperando un hijo de los Cortés.
Si esa información salía a la luz, la vida de ese niño correría un grave peligro.
—Señor —sugirió Ulises—, ¿por qué no traemos a la señorita Larco a la mansión? Aquí nosotros podríamos protegerla. Nadie se atrevería a lastimarla.
Joaquín le lanzó una mirada fulminante.
—¡Aún no he terminado de arreglar cuentas con ese mocoso y tú ya estás haciendo planes por tu cuenta!
Ulises sonrió con complicidad.
—Señor, no intente engañarme. Sé que en el fondo ya se ablandó. Con el carácter que usted tiene, si de verdad estuviera furioso, apenas el Joven Noel puso un pie afuera, me habría ordenado ir a buscar a la señorita Larco para amenazarla.


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