—Dudo que alguna mujer quiera quedarse al lado de un hombre tan manipulador y con tantas aventuras amorosas como usted —continuó Jovita con frialdad—.
Escuché que el Presidente Godoy tuvo un romance con su propia cuñada, que además tenía una amante íntima y que engañó a su esposa tantas veces durante tres años que la hizo vivir un infierno. ¿Y ahora resulta que dice amarla?
No sé si a usted le parezca gracioso, pero a mí me parece absurdo.
Galileo miró esos ojos llenos de desprecio, reprimiendo su furia.
—Nunca imaginé que la Srta. Zamora fuera tan comprensiva como para hablar a favor de su rival amorosa.
—En primer lugar —dijo Jovita sin alterarse—, hasta no tener pruebas contundentes, no la consideraré mi rival.
En segundo lugar, no hablo a favor de Nanette, hablo desde la perspectiva de la prometida de Noel.
¿Acaso olvidó que usted y mi prometido son enemigos? Si me aliara con usted, estaría ayudándolo a destruir al hombre con el que me voy a casar.
¿Cree que soy estúpida?
¿O será que, para usted, todas las mujeres son idiotas a las que se puede engañar con dos o tres palabras bonitas?
El rostro de Galileo perdió toda compostura.
—Srta. Zamora, solo tenía buenas intenciones...
—Y lo más importante de todo —lo interrumpió Jovita—. Detesto profundamente a los hombres que tratan a las mujeres como juguetes.
Dicho esto, Jovita dio media vuelta y se marchó.
Galileo se quedó solo, de pie en el mismo lugar durante mucho tiempo.
Había llegado con todo fríamente calculado, rebosante de confianza.
Ahora solo le quedaba una frustración y una ira que lo consumían.
Una mujer acababa de humillarlo en su propia cara, pisoteando todo su orgullo.
¡Cómo no iba a odiarla!
***
Al día siguiente.
Nanette se despertó por el sonido de su teléfono.
Había regresado a casa casi a las dos de la mañana.
Por eso tenía planeado ir más tarde a la oficina.
La llamada era de Iris.

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